• La vida no es solo un día malo.
    La vida es la suma de muchos días buenos.

    En una ciudad del norte de México existe un cronista y escritor de columnas a nivel nacional, bastante conocido, que en sus escritos siempre dice que tiene solo cuatro lectores.


    Hace unos días le hicieron un reconocimiento por su trayectoria y, entre los elogios, confirmaron que tenía cuatro lectores… de cada cinco que leen en el país. Lo cual sin duda es cierto.


    La verdad, a mí eso me emocionó mucho, porque yo también tengo cuatro lectores, en realidad son lectoras y sí, solo son  cuatro. Pero mientras me sigan leyendo, yo seguiré escribiendo como si fuera una ganadora de un premio de literatura.


    Resulta que una de ellas —y la más exigente de todas (Tita mi madre)— me dijo:


    —Me gustó mucho tu último escrito. Solo tengo una duda: ¿tú lees lo que escribes?


    La verdad me sorprendió su pregunta, pero respondí que sí.


    Sabía que una crítica o enseñanza vendría después, así que le pregunté por qué.
    A lo que ella respondió:


    —Es que hay ocasiones en que te leo muy animada y otras con un nivel de tristeza que apachurra a cualquiera.


    Creo que acaba de descubrir mi bipolaridad literaria autodiagnosticada. O simplemente le sorprende que haya tenido últimamente el descaro —es broma— de sentir (y escribir) lo y como me siento.


    No es fácil ver que alguien tenga altas y bajas, porque comúnmente nos fabricamos una versión perfectamente feliz, o triste, o enojada —o lo que sea— de nosotros y de los demás. Esa versión nos permite enfrentar este mundo medio loco y bastante complicado.


    Algo así como un personaje que creamos para ayudarnos a sobrellevar la vida o aquello que nos da miedo, confiando que se convertirá en nuestro mejor escudo para no sufrir. Y podría no ser tan malo si esa versión no fuera tan desgastante.


    Sé que entendernos o aprender a conocernos no es sencillo. Somos cambiantes: pasamos de la felicidad a la tristeza continuamente. Y les aseguro que la mayoría no tenemos ni bipolaridad ni algún trastorno; simplemente, al igual que los días, ninguno es igual al otro… y así también somos nosotros.


    Hoy yo estoy intentando llevarme mejor con todas mis versiones, aunque en ocasiones algunas sean un poco tristes.


    Así que acepto que algunos días soy…


    La Mujer Maravilla intentando salvar al mundo y, en otros, no puedo salvarme ni de mí misma.


    Hay ocasiones en que confío plenamente en que mi futuro será muy hermoso y hay días en que el futuro es el día de mañana… y no pinta nada bien.


    Otros días me siento la mujer más sexy del mundo y al siguiente creo que mi compadre tiene razón y estoy bien fregada.


    Unos días tengo la frase y la respuesta que ayudan a cualquiera, y otros no sé qué decirme para levantarme de la cama.


    Pero lo que sí sé es que todos los días aprendo a quererme así, aun cuando no me siento ni la más bonita, ni la más inteligente, ni la más importante. Aún así creo en mí, tengo fé en Dios. Y sigo intentándolo.


    Porque estoy aprendiendo a aceptarme con todo lo que soy: luz y sombra, miedos, heridas, aciertos, fe, una sonrisa amplia, perfectamente imperfecta y unas ganas inmensas de ser yo misma.


    Igual que como canta Lupita D’Alessio… (canten fuerte conmigo):


    🎶🎵🎼
    Porque soy mujer como cualquiera
    Con dudas y soluciones
    Con defectos y virtudes
    Con amor y desamor
    Suave como gaviota
    Pero felina como una leona

    Con todas las incoherencias que nacen en mí
    Fuerte, sexo débil
    🎶🎵🎼


    Y si por alguna extraña razón alguien más que mis cuatro lectoras está leyendo esto y resulta que eres hombre, déjame decirte algo: esta montaña rusa no es exclusiva de nosotras; a ustedes les pasa exactamente lo mismo.


    Porque a quienes se les ha exigido con más fuerza que no expresen, no sientan, no externen y que carguen con todo… es a ustedes.


    A nosotras nos han dicho que calladitas nos vemos más bonitas, y a ustedes que los hombres no lloran. Y ambas cosas son terribles.


    Por todo eso andamos tantos —hombres y mujeres— buscando terapia y tratando de entender nuestras versiones y de sanar heridas de la infancia… cuando ya somos bastante mayorcitos.


    Así que sí, puede que no todos los días sea mi mejor versión, pero intento ser mi versión más honesta. Y, sobre todo, intentaré siempre que mis versiones más malvadas (inserte risa maquiavélica aquí) hagan el menor daño posible.


    Una versión que no se queda callada aunque no sea tan “bonita”, pero que tampoco grita si no es necesario.


    Porque asumir quién soy y permitirme serlo también implica asumir las consecuencias de ello.


    Darnos la oportunidad de conocernos, de aceptar incluso nuestros desaciertos, no es tarea fácil, pero se puede. Hazlo. Vive todas tus versiones. Disfruta lo genial de ti, asume tus responsabilidades, pide perdón cuando hayas lastimado, aprende de tus errores para no repetirlos y da lo mejor de ti, aunque nadie lo vea.


    Solemos juzgar —y ser juzgados —  únicamente por los tropiezos, por lo que fallamos o por lo difícil que ha sido levantarnos. Pero eso es sólo una parte de nosotros, nuestro lado bueno es mucho más importante que nuestras fallas.


    Te contaré una historia sobre esto.


    Una mujer llegó con un tatuador y le pidió que le tatuara un número: 396.


    Sin adornos ni extravagancias, solo el número limpio en su muñeca.


    El tatuador notó que estaba muy conmovida, pero hizo su trabajo sin preguntar.


    Cuando terminó, ella comenzó a llorar. Le dio las gracias, le pagó de más y, antes de irse, le pidió algo:


    —¿Puedes prometerme que guardarás la plantilla? Y si algún día alguien viene a tatuarse su tristeza, enséñale este número y dile que una madre vino a tatuárselo porque fueron los días en que su hija estuvo limpia y luchando por sanar de sus adicciones.


    Durante esos 396 días ella fue su mejor versión. Hace tres días recayó y una sobredosis acabó con su vida.


    Todos recordarán solo eso: su recaída… su peor día.


    Pero yo no quiero olvidar sus 396 días buenos.

    ✧。

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠


    Y tal vez ahí está uno de nuestros grandes errores: recordamos demasiado los días malos y olvidamos la enorme cantidad de días en los que sí lo intentamos, sí nos levantamos y sí fuimos nuestra mejor versión.


    Porque la vida, al final, no es solo los días malos. También es la suma de muchos días buenos…  casi siempre muchísimos más.


    Así que date permiso.

    Permiso de sentir, de equivocarte, de volver a levantarte y de no tener todas las respuestas.


    Date permiso de no ser perfectx.
    De no ser siempre fuerte.
    De no tener claro el camino todos los días.


    Y sigamos aprendiendo, creciendo y entendiendo que, tal como somos hoy, ya somos suficientes..


    Con todo y mis contradicciones… aquí sigo.


    Carta a mis cuatro lectoras


    Ojalá nunca se olviden de quererse en sus días grises y sentirse orgullosas en sus días soleados.


    Y si hoy no fueron su mejor versión, no importa… mañana volveremos a intentarlo.



    Gracias por seguir aquí. Gracias por ser una gran compañía, por compartir, comentar y por todo lo que hacen para demostrarme tanto cariño.


    Gracias a todos sin importar cuántos sean, para mí parecen millones.


    Un abrazo con mucho cariño…


    María 📚🍀💕✨🕯️

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

    Y te invito a visitar mi tienda virtual. Encontrarás mi libro digital 📚 Las Recetas de la Abuela – para acomodar el alma .

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*⁠。

  • Hoy me elijo. Una vez más.

    El escrito de hoy es, en realidad, una promesa clara hacia mí misma, con la confianza puesta en mí y muy consciente de que lo que ha pasado no es castigo ni mala suerte; es aprendizaje, aunque no siempre tenga explicación.


    Deseo de todo corazón que, a través de esta historia, te permitas darte cuenta de que siempre podemos volver a comenzar.


    Me prometo que me voy a levantar de este derrumbe, pase lo que pase.


    Lo prometo a pesar de todas las veces que no me cumplí.
    De las ocasiones anteriores en que también lo dije y no lo logré.
    Aunque muchos intentos hayan fallado.


    Aunque:
    🥀 Debí haber hecho mil cosas diferentes.
    🥀 No pueda ver la solución a mis problemas y los demás sí.

    No importa si siento que ya me tardé.
    No importa si jamás imaginé lo profundo que caería.


    Porque he sido —más veces de las que quisiera aceptar— mi adversaria más cruel.
    Mi jueza más severa. Mi peor enemiga.


    Hoy estoy entendiendo que nos caemos para aprender a levantarnos. Que el cansancio y el hartazgo, a veces, pueden ser el impulso para comenzar a salir, sin importar cuánto tiempo nos lleve hacerlo.


    Ahora sé que no estoy perdida. Estoy extraviada, nada más.
    No soy mi situación. No soy lo que perdí.


    Porque aún en el fondo, en un rinconcito de mi corazón, vive un sueño que tiene luz.
    Un propósito. Un porqué levantarme.


    Hoy sé que:

    ✨ Soy la palabra sincera que aún tengo para dar, aunque no siempre la reciba.
    ✨ Soy buena compañía, aunque a veces no la tenga.
    ✨ Soy buena amiga, incluso cuando ni yo misma me encuentro.


    Porque las noches oscuras también sirven. Sirven para descubrirnos. Para mirar nuestras heridas y entender que también son parte de nosotros.


    Hoy las veo, no para justificarme, sino para reconocerme. Y me agradezco lo que resistí.
    Y tengo la certeza de que todo lo aprendido me hizo más fuerte.


    Ya no necesito saber si fue mi padre, mi madre o la familia que no supo quererme como yo necesitaba, lo que causaron mis heridas.


    Hoy entiendo que sí hubo amor. Quizá no como lo imaginaba, pero existió.


    Ahora quiero vivir. Pero desde mi versión adulta. Desde esta mujer que no usará el “sanar” como excusa para no luchar.


    La que dará porque esa es su esencia.
    La que elegirá mejor sus batallas.
    La que no necesita multitudes para ser inmensamente feliz.


    Ya no seré la que da mucho.
    Seré la que da mejor.


    Hoy estoy en paz con mi linaje. Honro a las mujeres fuertes que me precedieron. Reconozco la energía de los hombres que también forman parte de mí.


    Ya no me peleo con mi debilidad ni con mi fortaleza. Las acepto. Soy una mujer fuerte… aunque nunca supe si realmente quería serlo.


    Hoy agradezco mi historia.
    A quienes me protegieron, me cuidaron, me amaron —aun a su manera—. Entiendo incluso a quien no supo dar cariño. Porque nadie da lo que no le enseñaron.


    Sé que nunca he estado sola.
    Hoy soy consciente de mi realidad, con todo lo que duele. Y también con todo lo que soy.
    Ya no lucharé por lo perdido. Lucharé por lo nuevo.


    Estoy aprendiendo a soltar la versión pasada que tanto me gustaba. Hoy elijo creer que la nueva será mejor.

    Hoy sé que siempre habrá un motivo para levantarse. Y si no lo encuentro, lo buscaré.
    Volveré a encontrar mi sonrisa.


    Quizá tú te sientas así. Quizá sientas que todo se derrumbó. Si es así, usa ese derrumbe para subir.


    Tal vez no encontremos una puerta. Pero sí una ventana. No romantizo levantarse. Sé lo doloroso que es caer. Pero no todo lo que duele te rompe.


    Algunas cosas vienen a reacomodarnos. A despertarnos. A recordarnos que somos más fuertes de lo que creemos.


    Sin promesas falsas. Sin caminos perfectos. Con la firme convicción de que si volvemos a caer…
    lo volveremos a intentar.
    Aunque sea,

    Una vez más.


    Gracias por acompañarme y ser parte de este mundo. Gracias por compartir, darle me gusta y toda la buena vibra que ustedes siempre tienen para mí.

    Ah y no olviden que siempre pueden empezar de nuevo. Una vez más.

    Y si hoy hablamos de volver a comenzar, también quiero compartirte que en mi libro digital “Las recetas de la abuela” encontrarás historias que nacen del amor, del linaje y de esas raíces que nos sostienen cuando sentimos que todo se mueve.

    Lo puedes adquirir en mi tienda virtual 👇🏽

    Gracias. Un abrazo grande con mucho cariño

    María 📚❤️🍀🕯️✨

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*⁠。

  • Nunca fue la caída, siempre fue el valor de volver.

    Terminaron los Juegos Olímpicos de Invierno 2026.  Y entre medallas y celebraciones, hubo una caída que dijo mucho más que cualquier victoria.


    Lindsey Vonn fue, hace años, una de las mejores esquiadoras del mundo. Ganó todo lo que una atleta puede soñar, pero también pagó un precio alto: lesiones, cirugías y un cuerpo que ya no respondía igual. En 2019, se retiró.


    Durante años estuvo lejos de las pistas. Y todo indicaba que era el final.


    Pero decidió volver.


    Se preparó, entrenó y regresó. Su motivo principal no eran las medallas ni la fama. Era ella misma. Era enfrentarse a sus miedos y confirmar que aún podía superar sus propios límites.


    Llegó el día de su participación y lo peor sucedió: se cayó.


    Quizá, para muchos, ese era el peor desenlace. Pero para ella no lo fue. Ella conocía el riesgo. Sabía que volver implicaba exponerse al error, al juicio, a la posibilidad de fallar.


    Y aun así lo hizo, porque el verdadero coraje no está en no caer. Está en regresar y volver a intentarlo, aun cuando sabes que ese riesgo existe.


    Confirmando con su historia algo que todos necesitamos recordar:

    Las caídas te detienen, pero no te definen


    Vivimos en un mundo donde nos enseñaron que solo hay dos opciones: ganar o perder.


    Era una o la otra. Y si no ganabas, significaba que estabas perdiendo.


    Pero… ¿y si no es así?
    ¿Y si la vida no se trata de ganar o perder?
    ¿Y si la vida no es un resultado?


    Algo que he intentado comprender en los últimos días es que cuando la vida nos tira, no es para enfrentarnos al fracaso, al miedo o al ridículo. Es para ponernos frente a nuestra propia capacidad de resurgir.

    A veces, tu mayor victoria comienza con una caída que te atreviste a superar.


    La vida nos tirará muchas veces.

    • En una situación económica complicada que no es fracaso.
    • En la pérdida de un trabajo que no define nuestra capacidad.
    • En un error que no determina quiénes somos.


    Aunque vivimos en un mundo que nos empuja a hacer, producir y demostrar, caer es parte del proceso, pero no la sentencia final.


    Lo que realmente nos define es nuestra capacidad de levantarnos.


    No somos perfectos. No podemos vivir en una carrera constante por ganar, ni en una lucha interminable por tener más para sentir que somos importantes.


    La mayoría fuimos educados con esta fórmula:


    Hacer → tener → ser


    Hay que hacer para tener, y tener para ser alguien.


    Lo peor es que lo hemos creído. Y es agotador. Es una carrera sin fin ni tregua. Y profundamente alejada de la verdad.


    Porque nosotros valemos. No por lo que logramos, sino por lo que somos.


    Pasamos la vida pensando que cuando tengamos dinero, cierto trabajo, esa casa, el cuerpo ideal, el coche deseado o la pareja correcta, entonces seremos exitosos.


    Pero cuando no lo obtenemos, vivimos frustrados. Y cuando lo conseguimos, muchas veces descubrimos que tampoco eso nos hacía sentir completos.


    Porque la felicidad no es un resultado. No es una meta. No es una recompensa. Es sentirnos plenos. Es identidad.


    Es reconocernos completos, porque no estamos rotos ni incompletos. Solo somos seres en constante evolución.


    La felicidad es congruencia. Es estar en paz.

    El verdadero éxito no es no caer, es tener el valor de levantarte cada vez que la vida te pone a prueba.


    Porque caer nunca ha sido el final. El final es cuando dejamos de creer.


    Y mientras esa fe exista, siempre habrá un camino de regreso a nosotros mismos.



    Así que ojalá te des el tiempo para fortalecerte y levantarte. Porque fracasar, en realidad, es creer que ya no hay nada por hacer.

    Te agradezco como siempre tu tiempo para leerme, compartir, comentar y toda esa vibra bonita que tienes para mí.

    Que todo vaya de maravilla siempre. Y que todo, incluso las caídas, se conviertan en impulso.

    Muchas bendiciones, un abrazo grande con mucho cariño…

    María 📚❤️🍀✨🕯️🙏🏽

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

    Si hoy sientes que los golpes de la vida te han quitado el aliento, recuerda que siempre hay recetas para sanar. En mi tienda virtual te comparto ‘Las recetas de la abuela – para curar el alma’, un pedacito de mi corazón para ayudarte a levantarte con más fuerza.  Gracias por adquirirlo.  haz click aquí 👇🏽

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*⁠。

  • Una vida que se permite ser tocada por el amor, jamás queda intacta.

    ¿Crees en el amor?


    No es una pregunta ligera. En realidad es de esas que te transforma, porque te da la oportunidad de evaluar tus creencias. Y una que varias veces me han hecho y que siempre, aunque en diferentes tonos, he respondido que sí.


    Pero esta última vez me di cuenta de algo distinto: la respuesta siempre ha estado ahí, en la pregunta misma.

    .

    El amor no empieza en lo que sentimos, empieza en lo que creemos.

    En realidad el amor existe para quien decide creer en él.


    Y es tan grandioso que estamos rodeados de el, en muchas formas.

    Una de las más poderosas es la fe.


    Ese amor que no se ve, pero se siente. Que se cree sin pruebas. El amor a Dios —o como tú lo llames— esa certeza silenciosa de que no estamos solos, de que hay algo más grande sosteniéndonos incluso cuando no entendemos nada.


    También está el amor fraterno. Ese que no eliges, pero te elige. El de la familia que te forma, que muchas veces te rescata… y el de los amigos que se convierten en hogar.


    Está también ese amor de novelas que te hace sentir mariposas, que te hace suspirar. O uno mejor, ese otro más maduro que no llega perfecto, pero llega dispuesto.


    Porque no necesitas a alguien ya sanado. Necesitas a alguien que quiera sanar contigo. Que elija quedarse, incluso cuando todo esté complicado, cuando hasta tú quieres huir de ti mismo. Porque amar no es sencillo. Pero vale la pena.


    Pero hay un amor que es el más fuerte. Del que todo depende. El que te sostiene en los peores momentos.  El amor propio.


    Ese amor que te muestra que no eres un ser incompleto, que no necesitas una media naranja. Que no requieres alguien para «ser feliz».  Necesitas un compañero (a) para estar mejor, no alguien que te complete.

    Que aporte, no que reste.

    Por eso hay que amarse mucho, para saber cómo queremos que nos amen. ¿Cómo lo sabremos si no nos hemos amado antes? Ni sabremos amar, si no lo hemos sentido en realidad.


    Cuando te amas entiendes que no puedes pedir lo que no estás dispuesto a dar. Que no puedes exigir lo que no te ofreces. Ni aceptar menos de lo que eres y tú te puedes dar.


    Hay que aprender a amarse tanto que sepas cuándo irte, pero sobre todo, ámate tanto que reconozcas cuándo vale la pena quedarte y luchar.


    Amarse es permitirnos sentir. Porque diría mi abuela:

    Lo peor que te puede pasar, no es que te rompan el corazón.  Lo peor es no usarlo por miedo a que lo hagan.


    Sí, a veces amar duele.  Y quizá mantener el corazón guardado nos pone a salvo, pero usarlo es lo único que nos mantiene vivos; porque el mayor despliegue de valentía no es salir ilesos, sino aceptar el riesgo de ser heridos pero con la certeza de que seremos felices.

    El único riesgo de usar el corazón en todo lo que haces y con todos los que amas es que descubrirás que lo más valioso de la vida se encuentra donde la razón no alcanza.

    Usa el corazón. Y siempre da lo mejor de ti,

    Te prometo que la vida devuelve y en grande.

    Así que hoy, regálate la dicha de hacer algo por ti, dite algo bonito, cuídate, confía y cree más en ti. Y si puedes, haz lo mismo con alguien más.


    No olvides que somos el resultado de quienes nos amaron… y de cuánto nos atrevimos a amar.

    No tengas miedo de usar el corazón y de amar. Ten miedo de no hacerlo.



    Gracias por seguir leyéndome, por compartir, por ser parte de esta gran aventura.

    Gracias por todo y por tanto. Y deseo que el amor que den, les sea devuelto al doble. Porque cuando se usa el corazón no existe ningún riesgo.

    Un abrazo grande con cariño.

    María 📚🍀💕✨

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

    En mi tienda virtual puedes encontrar mi  primer librito digital «Las recetas de la abuela – para curar el alma».  Gracias por adquirirlo.  haz click aquí 👇🏽

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*⁠。

  • Hay fechas que no pasan. Solo se transforman.

    21 años
    son 252 meses con miles de posibilidades,
    7,665 días aprendiendo a caer y a levantarse,
    5 años bisiestos que regalaron un día extra para soñar que algún día entenderíamos el para qué de lo que vivimos,
    273 lunas llenas iluminando decisiones, despedidas y comienzos,
    o simplemente 21 vueltas completas al sol intentando comprender cómo un 11 de febrero de 2005 tu vida simplemente terminó.


    Hace exactamente 21 años, a las 2:30 de la mañana, en un frío viernes, el silencio de un monitor nos dijo que la lucha por traerte de vuelta había terminado, que la pelea porque tu corazón siguiera latiendo ya se había perdido.
    Mi padre se fue tomando mi mano.


    Debo confesar que aún se siente un dolorcito que incomoda y las imágenes de ese momento son tan claras que parece que sucedieron ayer.


    Pero ¿saben qué es lo más impresionante de todo?


    Que he aprendido tanto de mi padre durante su vida… como después de ella.


    Aprendí, con los años, a dejar de preguntarme por qué se fue.
    Aprendí a transformar el llanto por su ausencia en gratitud por haber sucedido.


    Entendí que quizá nadie le enseñó a ser el padre más amoroso, pero tampoco podría juzgarlo: hizo lo que pudo con las herramientas y conocimientos que tenía. Y lo hizo bien.


    Hubo momentos en los que, cuando alguien me decía “eres igualita a tu padre”, no siempre sonaba como un halago.
    Hoy, sin duda, es uno de mis mayores orgullos.


    Me enseñó a enfrentar lo que viniera, a creer que si me lo proponía, lo conseguiría.
    Quizá solo se le olvidó decirme que no todas las batallas se deben pelear; algunas se ganan evitándolas.
    Lo bueno es que la vida me lo sigue enseñando.


    Con él entendí que nuestra historia no es una línea recta, que puedo cambiar y ser lo que desee. Que la vida no tiene un guion establecido.


    Que no todo tiene un tiempo predeterminado.


    Que a los 20 no eres tan joven, ni en los 70 tan viejo.


    Y algo que vi en él, y que la vida me ha confirmado en estos 21 años, es que siempre puedes:


    ✧ Cambiar de vida cuando lo desees.
    ✧ Cambiar de trabajo o emprender a los 20… o a los 50.
    ✧ Enamorarte a los cincuenta y tantos o descubrir el amor a los 17.
    ✧ Cambiar de país a los 60 o regresar a casa a los 40.
    ✧ Aprender algo nuevo a los 70 o terminar una carrera a cualquier edad.
    ✧ Volver a soñar sin importar cuántos años tengas.

    ✧ Obtener lo que deseas, pero no aferrándote, siendo hábil. Persuadiendo.
    ✧ Equivocarte, tienes ese derecho, pero debes asumir las consecuencias y aprender. La vida me enseñó que uno también debe disculparse.

    ✧ Y que siempre puedes dejar ir, porque la puerta esta muy ancha. Y que quien no quería estar, no hacía falta.


    Con el tiempo entendí que la mejor manera de honrar una vida no es llorándola eternamente, sino permitiendo que siga teniendo sentido a través de nosotros.


    En estos 21 años sin él, he descubierto que lo mejor de mi padre se quedó conmigo:
    sus enseñanzas, sus dichos, su seguridad, su fortaleza.

    Porque:

    Siempre nos queda algo… de tanto y tanto que se nos va.


    Mi padre me regaló muchas cosas. No hablo de lo material.
    Me regaló seguridad, valentía, entrega, pasión.

    Me regaló las ganas de no quedarme sentada cuando suena una buena canción.
    Me regaló a los mejores hermanos.

    Y me regaló a la mamá más increíble del mundo.


    Pero, sobre todo, me regaló la certeza de que la vida no necesita cierto tiempo… necesita vivirse en plenitud.


    Ah y que al final no importará cómo lleguemos, sino cuánto vivimos. Porque todo lo bueno en esta vida despeina y maltrata un poquito el cuerpo:
    bailar, pasear, aventurarse, amar… vivir.


    Fellus, hoy honro tu vida.
    Qué enorme privilegio haberme encontrado contigo. Sigo creyendo que, sin duda, yo te escogí como mi papá.


    Gracias por enseñarme tanto.
    Gracias por tu historia y por permitirme escribir la mía.


    Con todos estos años, también he aprendido que hay ausencias que no se cuentan en calendarios, sino en todo lo que seguimos siendo gracias a quien nos enseñó a amar.


    Con todo mi cariño para ti, Papá, de aquí a la luna, dos vueltas y de regreso ❤️

    Vivir es el mejor modo de recordarte.



    Estas líneas no buscan compasión ni tristeza.


    Buscan recordar que lo mejor de quienes se han ido también es todo lo que quedó en nosotros.


    Que todo en esta vida tiene un ciclo.
    Y que, aun sabiendo cuánto dolería su partida, lo volvería a vivir…
    con tal de volver a tener todo lo bueno que fue parte de nuestra historia.


    Gracias como siempre por leerme. Gracias por acompañarme. 🖤


    ¡Ah! Y ojalá que la vida siempre los pille bailando.


    Un abrazo grande, con mucho cariño.


    María 📚❤️✨🍀🕯️

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

    En mi tienda virtual puedes encontrar mi  primer librito digital «Las recetas de la abuela – para curar el alma».  Gracias por adquirirlo.  haz click aquí 👇🏽

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*

  • Tal vez lo que tenía que pasar… ya pasó.

    ¿Qué te tiene que pasar?
    Una pregunta que parece una amenaza, pero que en realidad debería ser un recordatorio de que lo que hoy tienes merece ser agradecido y aunque no sea lo único que habrá… aun así, ya es suficiente.

    Que no esperemos a que suceda algo. Porque a casi todos nos cambia: una pérdida, un fracaso, un susto. La pregunta es si de verdad tiene que doler tanto para aprender.


    El dolor sin duda enseña. A lo largo de toda mi vida laboral, he escuchado un sinnúmero de historias donde, curiosamente, hay una constante: eso que creíamos que era lo peor que podía pasarnos terminó siendo el mejor de los aprendizajes.


    O como decía mi maestra de taquimecanografía: “Hoy me odian y creen que soy la peor, pero algún día agradecerán que sea tan exigente, porque les aseguro que aprenderán .”


    Y tenía razón. Años después confirmé que, además de mis amigos, la mecanografía fue de lo mejor que me quedó de esa etapa.


    También lo entendí cuando terminé mi trabajo en una empresa grande. La tristeza era mejor aliada y aseguraba que no habría más. Después me di cuenta de que el mundo me estaba esperando. Les aseguro que, sin presumir, a partir de ahí, he vivido algunas de las mejores historias que se puedan imaginar.


    No estoy romantizando el dolor ni la tristeza, de verdad que no. Sé cuánto duele estar ahí. En realidad, también es un recordatorio para mí, de que al igual que la mayoría, he salido de peores y al final, todo ha estado bien… siempre vuelve a estar bien. Y de esta también saldremos.


    Porque si hacemos memoria de nuestra vida y somos honestos, nos daremos cuenta de que todo se soluciona. Que incluso en la noche más oscura, la luna o las estrellas suelen brillar.


    Todo tiene un para qué, aunque a veces no lo entendamos o tengamos ganas de maldecirlo. Siempre hay un motivo, uno que con el tiempo nos enseña que todo ha valido la pena y ha servido.


    Sé que no es sencillo ni simple. Porque si a la vida le pides paciencia, no te dirá: toma ahí esta. Ella te presentará momentos para serlo. Y con el tiempo te darás cuenta que la está obteniendo.


    Porque aun lo más difícil que podamos estar viviendo no es castigo ni justicia divina. Es aprendizaje, es crecimiento, es sanación… es ser. A los buenos también les pasan cosas malas.


    Y hay que afrontarlo así, con valor:

    Hay que ser valiente, y si uno no lo es, hay que fingir que sí.


    Así que no esperemos a que nos pase algo para darnos cuenta de lo que realmente vale la pena. Y de lo que ya tenemos.


    No perdamos a la gente que amamos para entender que sí los amábamos. Que no sea tarde cuando nos demos cuenta de que los lugares no se hacen favoritos solo por existir, sino por quién nos acompañó en ellos.


    No olvidemos aquello por lo que tanto rogamos y hoy ya tenemos. Mientras lo tengamos, valoremos lo que costó.


    Hace unos días, uno de mis mejores amigos me dijo por teléfono:
    —Hermanita, hace mucho frío. No tenía ganas de venir a trabajar.
    Y le respondí:
    —¿Recuerdas cuando le pedías a Dios tener un trabajo?
    Sonrió y dijo:
    —Espero no olvidarlo nunca. Seguiré dando gracias.


    Eso no le quitó el frío, obviamente, pero le devolvió el foco a lo que importaba.


    Yo creo que sí hay aprendizaje sin dolor. Que se puede avanzar sin esperar a que algo tenga que pasar. Que también se puede aprender desde el amor y la paz, pero eso requiere trabajar —mucho— en nosotros mismos.


    No hay que perder algo para valorarlo, ni perdernos para amarnos.


    Entonces:
    ¿Qué te tiene que pasar para que te elijas sin culpa?
    ¿Qué te tiene que pasar para dejar de normalizar el cansancio del alma?
    ¿Qué te tiene que pasar para entender que no todo se aguanta?
    ¿Qué te tiene que pasar para aceptar que eres suficiente?
    ¿Qué te tiene que pasar para darte cuenta de que hay que valorar lo que ya tienes?


    Hay ocasiones en las que no es necesario esperar a tocar fondo. Es necesario dejar de cavar.


    Porque quizá lo que tenía que pasar ya pasó y seguimos tan enfocados en la herida, o con el miedo de que algo malo vuelva a suceder, que se nos olvida que ya no necesitamos seguir nadando. Quizá ya llegamos a la orilla.


    La vida duele… sí.
    Pero también es increíblemente genial. Y si la vivimos bien, con eso es suficiente.


    Como dice una frase que me encanta:

    La vida no se cuenta por las veces que respiramos, sino por los momentos que nos cortan el aliento.


    La vida no tiene manuales ni pautas. Simplemente hay que vivirla, tener mucha fe, creer en ti y en Dios (o como tú le llames); permitir que en alguna ocasión se rompa, para sonstener únicamente lo que importa. Amar de verdad y…

    Que pase lo que tenga que pasar.


    Como siempre gracias por leerme, gracias por compartir, por comentar, por seguir aquí y por demostrarme que son la mejor compañía.

    Gracias por todo y por tanto.

    Les recuerdo de mi librito y que aquí lo pueden conseguir 👇🏽

    Gracias por el apoyo. Bendiciones y un abrazo grande.

    Con Cariño

    María 📚❤️🍀🕯️✨🙏🏽

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

  • Escribir para quedarme donde sí importa.

    Mientras yo esté, te voy a aplaudir tan fuerte que no escucharás cuando alguien más no lo haga. ✨


    Para mí, esta frase es una de las muestras de amor más claras que existen. Les contaré cómo le dio sentido a mis últimos días.


    Porque hay ocasiones en que no duele que no te aplaudan. Duele que no lo haga quien esperabas.


    ¿Pero de qué trata esto?. Por si no lo sabían, acabo de terminar mi primer librito digital, lo cual me hace profundamente feliz. Al final de este escrito les comparto dónde pueden adquirirlo. Deseo de corazón que lo disfruten.


    Les invito un chocolatito y les cuento mi historia de hoy…

    ✨ ¿Para qué haces las cosas?


    Una pregunta que me regresó a mi centro. Y sí, como muchas de las cosas importantes en mi vida, fue dicha por mi mamá.


    Fue porque estaba triste, por personas que yo consideraba importantes. Personas de quienes creí que mis sueños, mis logros, mis tristezas y hasta mi felicidad les importaban…
    ¿Y qué creen? Bueno, la respuesta se las dejo a ustedes.


    Sé que soy una soñadora (bastante realista), que siempre cree que todo afuera será lindo. Y sí lo es, sólo que de una manera más real.


    En mi caso, hubo varias personas—gracias a Dios, bastantes— que se alegraron, me felicitaron, compraron, se emocionaron o me dieron palabras de aliento que me hicieron muy feliz por mi librito.


    Pero… (mi palabra menos favorita). Pero hubo algunas —pocas en realidad— a las que no les importó.


    Eran personas importantes para mí. Personas de quienes esperaba que se emocionaran como lo hizo mi amigo, mi prima o ese extraño que compró sin conocerme.

    De quien agradezco también, me hayan enseñado tanto. Lo principal, recordarme que lo más importante es el objetivo, no el reconocimiento.


    Aunque, el punto real aquí, no es si la gente se emocionó o no. El verdadero detalle es:
    ¿Por qué, si hay varias personas contigo, felices por ti, vas y te enfocas en las que no?


    Qué afán, María.
    Necesito urgentemente centrar mi atención en lo importante: en la gente que sí. Lo demás no importa.


    Volver a lo que importa, como la pregunta de mi mamá:
    ¿Para qué hiciste las cosas. Para que te aplaudieran o porque te hacía feliz?
    Tita tiene una forma muy peculiar de regresarme a la realidad, por cierto.


    Lo que me recordó es que escribo porque me gusta, porque me ayuda y porque espero que algún día ayude a alguien más.


    Algunas lectoras de mi libro ya me dieron el mejor pago posible. Me han dicho:
    “He llorado. Sentí que lo que escribías era para mí. Me sentí acompañada.”


    Y yo preocupándome por quien no reaccionó…
    Si hoy alguien se sintió acompañada(o), entonces hice lo correcto.


    Sé que es difícil decir que no debería importarnos quien no reacciona o a quien no le importa. Es muy difícil.


    Pero necesitamos reacomodar lo valioso: los valores y la esencia. Hoy estamos más preocupados por los likes que por sentirnos realmente acompañados. Parece que preferimos el dinero o el reconocimiento antes que la felicidad.


    La felicidad es otra cosa, debe venir cargada de paz, tranquilidad y de hacerte sentir respaldado(a). Por ejemplo:
    Es estar atorada en un problemón y que tu amiga —la otra María— esté ahí cuando se te complica la existencia. Es Dios usando personas para recordarte que ahí está.


    Aunque aquí también quiero ser sincera:
    ¿Cuántas veces yo tampoco habré reaccioné como el otro esperaba? ¿Cuántas veces no me emocioné lo suficiente para que alguien sintiera que me importaba?


    Es que a veces no ponemos atención a lo que importa o quizá sea que no demostramos como el otro quisiera, aunque si lo sintamos, como dice otra frase que escucho seguido:

    “Quizá no te ame como tú quieras, pero eso no significa que no te ame de verdad.”

    Aquí añadiría algo más:

    La forma en que tú me amas no necesariamente me hace sentir amada.


    Ahí está la diferencia entre lo humano y lo divino. No es solo amar o querer, es aprender a mirar al otro con verdad y a preocuparnos un poco más por hacerle sentir amado, es ahí donde todo cambiaría.


    No se trata de complacer a todo el mundo, eso sería muy desgastante. Se trata de que a esas dos, tres, cinco, diez o las que sean tus personas importantes, les demostremos que estamos. Que el amor existe. Que nosotros podemos ser ese camino que Dios eligió para recordárselos.


    Como decía la Madre Teresa de Calcuta:

    “Da al mundo lo mejor que tienes, y puede que nunca sea suficiente; da al mundo lo mejor que tienes de todos modos.”


    Porque si das todo de ti, la vida, en algún momento, te lo devuelve. Y en grande.

    ….

    No olvides preguntarte y recordar..

    ¿A cuántas personas sí tienes… y sigues mirando a las que no?

    … ….

    ❤️ Mi felicidad es tan importante como la tuya.


    Platicando con alguien cercano, me dijo:
    “Tengo algo que contarte, estoy muy feliz, pero será otro día. Hoy lo importante es tu libro.”


    Le dije que no. Y respondí:
    “Mi felicidad no tiene por qué posponer que me cuentes la tuya. Es tan importante como la mía.”


    Solemos centrarnos en el “yo”, como si lo único importante fuera lo que nos pasa. Y sí, es muy importante y así debe serlo… pero no debería ser lo único.


    Cualquier religión, creencia o doctrina, que se presuma divina, basa su esencia en el mandamiento de: ama al otro como a ti mismo. Y es así, no más no menos: igual.


    Sólo hay que recordar lo importante siempre: primero hay que amarnos mucho para poder amar a los demás de igual manera.


    Algo que antes creía, era que podía con todo. Que no necesitaba a nadie. Que era algo así como Hulk: fuerte, resistente… y bastante enojona.


    Aseguraba que no requería a nadie más que a mí misma. Y qué equivocada estaba


    Al entenderlo, también sé que debo una que otra disculpa. Porque esa “fortaleza” no solo me lastimó un poco a mí, quizá también hizo sentir a alguien más poco querido(a). **


    Hoy sé que cuando es compartida la felicidad se suma y el dolor se resta.


    Porque así como mi felicidad es tan importante como la tuya, mi dolor no debe invalidar el dolor de los demás.


    No somos seres individuales del todo. Somos parte de algo más grande, de un universo maravilloso.


    Te comparto otra frase, para reforzar todo esto: Solo podrás llegar más rápido, acompañado llegarás más lejos.

    。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。


    Sé feliz, mucho. Sonríe. Que siempre habrá quien sonría contigo. Y si algunos cercanos no lo hacen, no te preocupes, que la vida pondrá muchos desconocidos que sí.


    Nunca dejes de ser buena(o). Aunque los demás no lo sean. Porque no es la historia de ellos: es la tuya.


    Ama de verdad, sin miedo ni reclamos, ama, porque es lo que le falta a este mundo y de ahí se desprenderá una vida mejor.

    Confía en ti. Confía en los demás. Confía en que al final todo estará bien. Y si hoy no lo está, es porque aún no es el final.


    Perdona. Pide perdón.
    Cargar rencores es como creer que al tomar veneno el otro se dañará.
    Perdonar no es permitir que se repita, es avanzar. Es recobrar la paz, esto entre tú, tu interior y lo divino.

    .

    Y siempre intenta ser el motivo por el que alguien más sonríe.


    Decía también la Madre Teresa de Calcuta:

    “Al final, todo es entre tú y Dios. Nunca ha sido entre tú y ellos de todas formas.”


    Gracias por leerme, compartir, comentar, por ser tan geniales conmigo, por aplaudir fuerte y por ser parte de todo ésto. Mi agradecimiento, cariño y respeto siempre.


    Y si alguien lo está intentando,
    si alguien está soñando
    y quiere que yo sea parte de ello…

    °

    Yo voy a aplaudir.
    Incluso cuando otros no lo hagan. Especialmente entonces, lo haré más fuerte.

    °

    Un abrazo grande . Ah y si quieren leer mi primer librito digital aquí lo pueden encontrar 👇🏽

    Disfrútalo y permíteme acompañarte…

    Con mucho cariño siempre

    María 📚❤️🍀🕯️✨

    **(No sé si leerás esto. Espero que sí. Y quiero que sepas que deseo, de todo corazón, que algún día puedas disculparme. Tú sabes quién eres.)

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

    🤍

  • Las recetas de la abuela: mi primer libro digital 📚✨


    Hay cosas que no se escriben para publicar.
    Se escriben para no continuar, para no olvidarse.


    Las recetas de la abuela nació así: despacio, sin prisa y sin la intención de convertirse en libro. Nació de la necesidad de volver a lo simple, a lo que sostiene cuando la vida pesa más de lo que quisiéramos admitir.


    Este es mi primer libro digital, y también es un homenaje.
    A las abuelas que curaban con tés y silencios.
    A las madres que sabían estar.
    A las mujeres que cuidaron sin hacer ruido y enseñaron que el amor también se hereda.


    No es un libro para arreglarte ni para decirte qué hacer.


    Es un recetario emocional para acompañar:
    para abrir al azar, para volver cuando haga falta, para recordar que no tienes que poder con todo.


    Aquí hay palabras suaves, rituales sencillos y pausas necesarias.
    Aquí no se corre. Aquí se cuida.

    Este libro es para mujeres cansadas de ser fuertes y hombres que quieran acompañar aunque no sepan como.


    Es para quien atraviesa cambios, duelos o cansancio, y también para quien quiere regalar compañía cuando no sabe qué decir.


    Publicarlo me emociona muchísimo. Porque escribirlo fue un acto de honestidad. Y compartirlo, un acto de confianza.


    Gracias por entrar a El mundo según María.
    Gracias por permitirme acompañarte.


    Si este libro llegó a ti, quizá no sea casualidad.
    🤍

    Con cariño

    Maria 📚🍀💕✨

    Lo puedes adquirir aquí 👇🏽

    O contáctame..

  • No huí. Decidí quedarme.

    Hay momentos en los que la vida no pide fuerza, pide verdad y valentía.  Y hay ocasiones —en esos momentos cruciales— en que quizá, solo quizá, la única opción que nos quede sea… quemar los barcos.


    Y suena contradictorio, porque se nos ha enseñado que rendirse nunca es opción. Que hay que pelear las batallas, morir en la raya, levantarse siempre, no descansar, salir a luchar una vez más.


    Pero hay una noche… una en especial,
    que parece una eternidad. Esa tan conocida y tan temida: la noche oscura del alma.

    Una noche que no siempre llega con tragedias evidentes. A veces se presenta con algo pequeño: un incidente ligero, un drama mínimo, algo que para otros sería insignificante.


    Sí… esa famosa gota que derramó el vaso.
    Ese día en que te das cuenta de que todo sabe insípido, que los colores pierden su brillo, que la vida simplemente pasa
    mientras una soledad fría se instala alrededor y todo comienza a perder sentido.


    Ese ruido interno que no se calla. O esa ausencia que cala tan hondo que parece llevarse a todos consigo.


    Conozco ese lugar. Y como muchos, no sé ni cómo llegué, porque para mí “No fue para tanto” lo que me había pasado, pero si lo era.


    Pero no es lo que pasó. Es todo lo que se acumuló durante años. Todo lo que, por miedo a que doliera, se fue guardando como en una presa invisible. Hasta que una sola gota hizo que todo se reventara.


    Y, sin darnos cuenta, comenzaron a desbordarse heridas antiguas, engaños que se creían sanados, miedos que se juraban superados. La verdad es que no se sanaron. Solo se escondieron. No se enfrentaron, no se gritaron, ni siquiera se confesaron aún a uno mismo.


    Porque sí, todos cargamos una herida, un miedo o una culpa que no se le cuenta a nadie y se cree que puede ocultarse incluso a si mismo.


    Así, con los años, se va acumulando todo lo que no se trabaja, lo que no se mira, lo que no se sana.


    Como ese botón que “luego se arregla”, esa puerta que “un día se compone”, esa mancha que “después se quita”… hasta que se vuelve parte de la casa, de lo nuestro, de la vida, de nosotros y un día, todo colapsa.


    Algo que sí les puedo decir y que he aprendido de todo esto: la noche oscura no es debilidad, no es falta de fe, no es un fracaso personal. Y, sobre todo, no se arregla fácil.


    No se enciende una luz y ya.


    Ella llega para avisarnos de que la realidad cambió —o tiene que cambiar—.


    No llega con certezas, ni con verdades claras, mucho menos con manuales. Solo muestra que hay algo que ya no se puede sostener, que ya no puede seguir igual.


    Es ese instante donde todo se rompe, donde no se puede detener la caída, donde los intentos por mantenerse de pie ya no funcionan.


    A veces ni siquiera llega de golpe. Empieza como una grieta. Por fuera todo parece estar bien, pero algo ya no encaja. Como un rompecabezas cuyas piezas ya no logran formar nada.


    Después viene el vacío. Se pierde lo que sostenía. La identidad se diluye. Dónde ni siquiera el espejo parece que no nos reconoce.


    Esta parte duele. Duele como cuando de niño alguien se pierde y quien debía llegar tarda más de lo esperado. Ese dolor de abandono. Esa soledad, que hace que duela incluso respirar.


    Después viene el despojo. Las pérdidas. En la mayoría de las ocasiones aparece una pérdida económica fuerte. Y aunque solemos creer que es la más importante, no lo es, pero si es de las que más inestabilidad genera.


    Aquí sí quiero pedirles algo importante: nunca le digas a alguien que está atravesando dificultades económicas que “el dinero no da la felicidad”.


    Eso es crueldad. Cuando no se sabe cómo comerá mañana, cómo pagará un techo o cómo llegará a fin de mes, el dinero sí importa.


    No se le pide a quien se ahoga
    que aprenda a nadar.


    Después, cuando la herida cicatrice,
    tal vez se entienda que el dinero no lo es todo. Pero no antes.


    Como decía Juan Gabriel:
    “Todo lo que se soluciona con dinero, ha salido barato.”

    En medio de esas pérdidas, hay una aún más dolorosa: soltar quién se era. Esa versión que durante años nos sostuvo. La persona fuerte, la que controlaba todo, la que resolvía. Pero la que no se detenía a sentir.


    Eran versiones valiosas, necesarias antes…
    pero ya no verdaderas. Y ahí nos daremos cuenta de que la noche oscura no viene a castigar. Viene a desnudar, viene a mostrar lo que ya no es.


    Después llega el silencio. El más duro… y quizá el más cercano al amanecer. Porque lo desconocido duele más que quedarse donde ya no se puede ser. Pero es necesario.


    En este momento es cuando pareciera que aunque se ora, se pide, se suplica, se buscan señales; el silencio es la única respuesta.


    Y aunque el silencio vuelve todo lento y confuso, es ahí donde realmente se aprende a ver y a escuchar. A confiar en lo que nace es bueno, cuando ya no queda nada que fingir.


    Porque es justamente en la oscuridad, en el silencio donde se forman nuevas raíces. Donde todo vuelve a empezar, donde todo nace, a su tiempo y no hay que acelerarlo.


    Y ahí llega la última etapa: soltarse.

    No es rendición, no es derrota. Es descanso.

    Es decir:
    No sé quién soy ahora, pero confío en que no me perdí.


    Entonces… llega el momento de quemar los barcos. Ese acto de verdad, donde se entiende que volver ya no es opción sin traicionarse. Que ya no hay plan B, porque sería continuar  negociando con lo que ya quedó pequeño.


    Quemar los barcos es decirle al miedo:
    no te voy a callar, pero tampoco te voy a obedecer.


    Es prender fuego a las excusas elegantes,
    a las versiones tibias, a los lugares donde se sobrevivía pero no se habitaba, es abandonar esa necesidad de que el amor venga de afuera y no desde adentro. Es arder para no perderse.


    Cuando todo arde, arde la nostalgia de lo que fue y la comodidad de no elegirse del todo. Y ahí, desde la orilla, sin rutas de escape, sin salvavidas, nace una fuerza distinta. La de quien ya no huye. La de quien se queda a construir con las manos temblando pero el corazón despierto.


    Porque cuando no hay regreso, aparece el compromiso. Y cuando no hay salvavidas,
    se aprende a nadar hacia la propia verdad. Ahí se entiende que es mejor perderlo todo
    que perderse a uno mismo.


    Entonces aparece un hilo de luz. Nada vuelve a ser igual, ni las versiones anteriores, ni quien se es ahora. Te das cuenta que de esa noche no se vuelve siendo el mismo.  Y algo se alinea. Se comprende que no era un hoyo, era un túnel, un túnel que tiene que terminar.


    Algo que puedo decirte si estás viviendo esto, es que no estás rot@. No llegaste ahí por error. Y no intentes entenderlo todo hoy. No fuerces decisiones que todavía no están listas.


    Sólo hay que entender que estas noches no se superan, se atraviesan.


    Que hay que permitirse el silencio, el cansancio y el no saber. Entender que eso que duele no vino a perderte, vino a devolverte, con más honestidad, con más luz y más cerca de casa de lo que ahora imaginas.


    La noche oscura del alma no es el final. Es el lugar donde comienza algo que, aunque aún no veas, es genial y ya te pertenece.


    Porque te prometo que al final cuando todo esto pase, lo que vendrá será una mejor versión de ti, que amarás. Sigue aquí, sigue confiando.


    (⁠◕⁠ᴗ⁠◕)

    Y como siempre gracias por leer, por darle me gusta, por compartir, por ser parte de todo esto. Gracias por todo y por tanto.

    Gracias también a quien ha ido más allá y me ha apoyado en la tienda virtual, espero que te sea de utilidad lo que subo al igual que estos escritos en tu vida. Te dejo aquí el link.

    .

    Un abrazo con cariño.

    María 📚❤️🍀🕯️✨🙏🏽

    Nota editorial:

    Este texto no busca dar respuestas ni soluciones rápidas. Es una reflexión nacida desde la experiencia y el acompañamiento silencioso de quienes atraviesan procesos profundos de cambio.

    Si este escrito llega a ti en un momento sensible, tómalo con calma, a tu ritmo. La noche oscura no se explica: se vive, se atraviesa y, con el tiempo, se transforma.
    Desde este mundo, te acompaño, esperando que al igual que yo, confíes en ti y en que pronto… esto también pasará..

    .

    Sígueme también en redes sociales y entérate de todo lo que el mundo según María tiene para ti. 🙏🏽 Gracias 🤍

  • No es nostalgia. Es sabiduría.

    Hubo un tiempo en el que la vida no se explicaba tanto…  se vivía.


    Antes, nuestras abuelas no hablaban de equilibrio, inteligencia emocional, gestión emocional o mindfulness. Ellas simplemente decían lo necesario… y funcionaba.


    Y quizá ahí está la solución a muchas de las cosas que hoy nos aquejan: no en lo complicado, sino en volver a lo que importa y funciona.


    Hace años había un director en una de las empresas donde trabajaba que, cuando las cosas empezaban a complicarse, siempre decía esta frase:


    Back to the basics.


    Se refería a volver a los procesos básicos, a revisar si realmente se estaban haciendo bien o si, en el camino, ya nos habíamos desviado de alguno.


    Casi siempre funcionaba.
    Al menos servía para confirmar que aquello que sabíamos hacer y que nos daba resultados podía ayudarnos a retomar el rumbo; eso que necesitaba ser reforzado… no ignorado.


    Hoy entiendo que no solo hablaba del trabajo.
    Hablaba de la vida.


    Porque realmente creo que lo mismo nos pasa a nosotros cuando algo se nos empieza a salir de control: necesitamos volver a lo básico.


    A nuestros inicios.
    A nuestras creencias, valores y, sobre todo, a nuestra esencia.
    A esa maravilla que somos, cuidando la experiencia y todo lo que hemos aprendido para ser mejores.


    Es darnos la oportunidad de mirar hacia adentro y preguntarnos qué dejamos de hacer: por error, por costumbre o simplemente por olvido.


    A veces, un pequeño detalle que se desconecta de nuestra esencia es suficiente para descomponer toda nuestra realidad.


    Pongo un ejemplo sencillo.
    Una relación amorosa que ya no fluye como antes. Tal vez la solución no esté en algo complicado, sino en volver a lo básico: un buenos días, un beso, un “qué guapa” o “qué guapo estás”. Volverse a tratar como cuando iniciaron y se enamoraron.


    Nos perdemos tanto en las rutinas, las exigencias y la vida “exitosa” que queremos construir, que olvidamos cosas tan simples como estar al pendiente de nosotros mismos, cuidarnos, retomar el ejercicio, comer mejor, ver a la gente que amamos o convivir con la familia y las personas que nos importan.


    Se nos olvida, con quienes queremos, que lo que sentimos es más fuerte que los errores que se cometieron. Y con nosotros mismos, que nuestra propia compañía vale más que aparentar algo que no somos o fabricar una versión que no nos pertenece.


    Estamos más preocupados por la opinión de los demás —que, por cierto, a muchos ni les interesamos— que por lo que realmente vemos frente al espejo.


    Creo que la solución real a muchos de nuestros problemas está justo en esa frase: back to the basics.


    Volver a pensar de forma sencilla, sin tanta complicación ni tanto drama. Regresar a lo que ya sabemos hacer bien.


    Entender que quizá —solo quizá— la vida no es tan compleja como parece y no exige tanto de nosotros… más que vivirla.


    Es retomar lo que somos, lo que hemos aprendido, esa carga fuerte y buena de sabiduría y potencial que tenemos. Todo eso que generaciones y generaciones antes han construido y transmitido a lo largo de los años.
    Como esas frases cortas, dichas al pasar, que sin saberlo nos acomodaban la vida.


    Así como los dichos que usa mi mamá, o los que muchas veces escuché decir a mi papá.
    Si me leen seguido, se darán cuenta de que siempre hay algo que aprender en sus palabras.


    Una de mis favoritas es: por algo los dichos están bien dichos.


    Esos que son sabiduría milenaria que nos recuerdan como es llevar una vida más tranquila, sencilla y en paz. Y que existían mucho antes de esta nueva era de hablar de bienestar. Esos dichos que no buscan impresionar, controlar o reprimir. Buscan recordar y enseñar lo que realmente vale la pena.


    Todo ese conocimiento de los abuelos hoy lo queremos aplicar llamándolo terapia, meditación o zen… cuando en realidad es experiencia, sabiduría y conciencia de lo básico, de lo que sí funciona.


    Podría escribir un libro con todos los refranes y dichos que alguna vez escuché de mis padres. Y ahora que mi mamá ya es Tita (abuela), esa sabiduría parece haberse multiplicado… o quizá soy yo la que hoy está más abierta a escuchar.


    Así que tal vez valga la pena volver a poner atención a esos refranes que tanto tienen que decirnos. Quizá ahí esté la respuesta y lo que realmente significa volver a nosotros y ser felices… simplemente vivir bien.


    Como cuando decía la abuela:


    Despacio que tengo prisa”, porque correr sin sentido nunca fue sinónimo de avanzar.


    El que mucho abarca, poco aprieta”, una advertencia a tiempo contra el exceso y esa manía de querer llegar a todo, pudiendo hacer mejor lo que sí importa.


    Cada cosa en su lugar”, no solo en la casa, también en la mente y en el corazón; darle espacio a lo que realmente importa.


    Más vale poco de lo bueno que mucho de lo malo”, cuando la calidad de vida pesa más que la cantidad de cosas por hacer.


    No por mucho madrugar amanece más temprano”, un recordatorio amable de que la vida tiene ritmos que no se pueden forzar. Todo llega a su tiempo.


    El hábito no hace al monje”, porque volver a lo básico también es regresar a la esencia, no a la apariencia.


    Y quizá el más sabio de todos: agradecer lo que hay.
    Aunque no lo diga el refrán tal cual, era la enseñanza detrás de todo: agradecer una mesa puesta, una buena compañía, un consejo… incluso aquello que nos rompió, pero nos dio espacio para florecer.


    No importa cómo le llamemos: simpleza, sabiduría o sentido común —aunque a veces sea el menos común de los sentidos—.
    Es recordar todo eso que nuestros antepasados nos transmitían en voz bajita y con cariño, y que hoy reaparece en forma de apps, terapias o libros.


    Porque antes la vida no se “optimizaba” ni se “estructuraba”. Simplemente se vivía.


    En resumen, las recomendaciones de las Titas eran sencillas:

    • Comer comida de verdad.
    • Dormir cuando el cuerpo lo pedía.
    • Tomar un té antes de entrar en pánico.
    • Salir al sol aunque fuera unos minutos.
    • Arreglar la casa para acomodar también la cabeza.


    La abuela sabía que no todo se resuelve corriendo, que no todo merece respuesta y que el silencio también cuida.


    Sabía que agradecer es una forma de abundancia, que comer despacio honra la vida y que lo simple, casi siempre, es suficiente.


    Hoy le llamamos mindfulness.
    Ellas le llamaban vivir bien.


    Tal vez no se trata de aprender algo nuevo ni de encontrar nuevas respuestas. Ni de sumar más conceptos, métodos o nombres para lo que ya sabemos hacer bien.
    Y quizá, solo quizá, recordar lo esencial —lo que cuidaba el cuerpo, lo que calmaba la mente y lo que sostenía el corazón— sea una buena solución para estar mejor.


    Porque volver a lo básico, con intención, quizá sea la forma más honesta de volver a nosotros.

    Es el camino más claro para regresar a casa ❤️✨.


    Volvamos a lo que realmente importa, volvamos a la bondad; ahí es donde también se aprende a ser felices.

    Gracias a todos por leerme, por compartir, por darle like y comentar. Gracias por todo lo que han hecho 🙏🏽.

    Que lo bueno sea lo que siempre esté a su favor.

    Un abrazo con mucho cariño…

    María 📚❤️✨🍀🕯️✨

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽