• Escribir para quedarme donde sí importa.

    Mientras yo esté, te voy a aplaudir tan fuerte que no escucharás cuando alguien más no lo haga. ✨


    Para mí, esta frase es una de las muestras de amor más claras que existen.


    Les contaré cómo esta frase le dio sentido a mis últimos días. Porque hay ocasiones en que no duele que no te aplaudan. Duele que no lo haga quien esperabas.


    ¿Pero de qué trata esto?. Por si no lo sabían, acabo de terminar mi primer librito digital, lo cual me hace profundamente feliz. Al final de este escrito les comparto dónde pueden adquirirlo. Deseo de corazón que lo disfruten.


    Les invito un chocolatito y les cuento mi historia de hoy…

    ✨ ¿Para qué haces las cosas?


    Esta fue la frase que me regresó a mi centro. Y sí, como muchas de las frases importantes en mi vida, fue dicha por mi mamá.


    La dijo porque le mencioné que estaba triste, por personas que yo consideraba importantes. Personas de quienes creí que mis sueños, mis logros, mis tristezas y hasta mi felicidad les importaban…
    ¿Y qué creen? Bueno, la respuesta se las dejo a ustedes.


    Sé que soy una soñadora (bastante realista), que siempre cree que todo afuera será lindo. Y sí lo es, sólo que de una manera más real.


    En mi caso, hubo varias personas—gracias a Dios, bastantes— que se alegraron, me felicitaron, compraron, se emocionaron o me dieron palabras de aliento que me hicieron muy feliz por mi librito.


    Pero… (mi palabra menos favorita). Pero hubo algunas —pocas en realidad— a las que no les importó.


    Eran personas importantes para mí. Personas de quienes esperaba que se emocionaran como lo hizo mi amigo, mi prima o ese extraño que compró sin conocerme.

    Personas que agradezco también, que me hayan enseñado tanto. Lo principal, recordarme que lo más importante es el objetivo, no el reconocimiento.


    Aunque, el punto real aquí, no es si la gente se emocionó o no. El verdadero detalle es:
    ¿Por qué, si hay varias personas contigo, felices por ti, vas y te enfocas en las que no?


    Qué afán, María.
    Necesito urgentemente centrar mi atención en lo importante: en la gente que sí. Lo demás no importa.


    Volver a lo que importa, como la pregunta de mi mamá:
    ¿Para qué hiciste las cosas. Para que te aplaudieran o porque te hacía feliz?
    Tita tiene una forma muy peculiar de regresarme a la realidad, por cierto.


    Lo que me recordó es que escribo porque me gusta, porque me ayuda y porque espero que algún día ayude a alguien más.


    Algunas lectoras de mi libro ya me dieron el mejor pago posible. Me han dicho:
    “He llorado. Sentí que lo que escribías era para mí. Me sentí acompañada.”


    Y yo preocupándome por quien no reaccionó…
    Si hoy alguien se sintió acompañada(o), entonces hice lo correcto.


    Sé que es difícil decir que no debería importarnos quien no reacciona o a quien no le importa. Es muy difícil.


    Pero necesitamos reacomodar lo valioso: los valores y la esencia. Hoy estamos más preocupados por los likes que por sentirnos realmente acompañados. Parece que preferimos el dinero o el reconocimiento antes que la felicidad.


    La felicidad es otra cosa, debe venir cargada de paz, tranquilidad y de hacerte sentir respaldado(a). Por ejemplo:
    Es estar atorada en un problemón y que tu amiga —la otra María— esté ahí cuando se te complica la existencia. Es Dios usando personas para recordarte que ahí está.


    Aunque aquí también quiero ser sincera:
    ¿Cuántas veces yo tampoco habré reaccioné como el otro esperaba? ¿Cuántas veces no me emocioné lo suficiente para que alguien sintiera que me importaba?


    Es que a veces no ponemos atención a lo que importa o quizá sea que no demostramos como el otro quisiera, aunque si lo sintamos, como dice otra frase que escucho seguido:

    “Quizá no te ame como tú quieras, pero eso no significa que no te ame de verdad.”

    Aquí añadiría algo más:

    La forma en que tú me amas no necesariamente me hace sentir amada.


    Ahí está la diferencia entre lo humano y lo divino. No es solo amar o querer, es aprender a mirar al otro con verdad y a preocuparnos un poco más por hacerle sentir amado, es ahí donde todo cambiaría.


    No se trata de complacer a todo el mundo, eso sería muy desgastante. Se trata de que a esas dos, tres, cinco, diez o las que sean tus personas importantes, les demostremos que estamos. Que el amor existe. Que nosotros podemos ser ese camino que Dios eligió para recordárselos.


    Como decía la Madre Teresa de Calcuta:

    “Da al mundo lo mejor que tienes, y puede que nunca sea suficiente; da al mundo lo mejor que tienes de todos modos.”


    Es que no es entre tú y los demás. Es entre tú y aquello en lo que crees y lo que eres.


    Porque si das todo de ti, la vida, en algún momento, te lo devuelve. Y en grande.

    Intenta ser el motivo por el que alguien más sonríe.

    ❤️ Mi felicidad es tan importante como la tuya.


    Platicando con alguien cercano, me dijo:
    “Tengo algo que contarte, estoy muy feliz, pero será otro día. Hoy lo importante es tu libro.”


    Le dije que no. Y respondí:
    “Mi felicidad no tiene por qué posponer que me cuentes la tuya. Es tan importante como la mía.”


    Solemos centrarnos en el “yo”, como si lo único importante fuera lo que nos pasa. Y sí, es muy importante y así debe serlo… pero no debería ser lo único.


    Cualquier religión, creencia o doctrina, que se presuma divina, basa su esencia en el mandamiento de: ama al otro como a ti mismo. Y es así, no más no menos: igual.


    Sólo hay que recordar lo importante siempre: primero hay que amarnos mucho para poder amar a los demás de igual manera.


    Algo que antes creía, era que podía con todo. Que no necesitaba a nadie. Que era algo así como Hulk: fuerte, resistente… y bastante enojona.


    Aseguraba que no requería a nadie más que a mí misma. Y qué equivocada estaba


    Al entenderlo, también sé que debo una que otra disculpa. Porque esa “fortaleza” no solo me lastimó un poco a mí, quizá también hizo sentir a alguien más poco querido(a). **


    Hoy sé que cuando es compartida la felicidad se suma y el dolor se resta.


    Porque así como mi felicidad es tan importante como la tuya, mi dolor no debe invalidar el dolor de los demás.


    No somos seres individuales del todo. Somos parte de algo más grande, de un universo maravilloso.


    Te comparto otra frase, para reforzar todo esto: Solo podrás llegar más rápido, acompañado llegarás más lejos.

    。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。


    Sé feliz, mucho. Sonríe. Que siempre habrá quien sonría contigo. Y si algunos cercanos no lo hacen, no te preocupes, que la vida pondrá muchos desconocidos que sí.


    Nunca dejes de ser buena(o). Aunque los demás no lo sean. Porque no es la historia de ellos: es la tuya.


    Ama de verdad, sin miedo ni reclamos, ama, porque es lo que le falta a este mundo y de ahí se desprenderá una vida mejor.

    Confía en ti. Confía en los demás. Confía en que al final todo estará bien. Y si hoy no lo está, es porque aún no es el final.


    Perdona. Pide perdón.
    Cargar rencores es como creer que al tomar veneno el otro se dañará.
    Perdonar no es permitir que se repita, es avanzar. Es recobrar la paz, esto entre tú, tu interior y lo divino.


    Decía también la Madre Teresa de Calcuta:

    “Al final, todo es entre tú y Dios. Nunca ha sido entre tú y ellos de todas formas.”

    Ah y antes de irme, no olvides contestar está pregunta, te servirá para enfocarte en lo que realmente importa.

    .

    ¿A cuántas personas sí tienes… y sigues mirando a las que no?

    ˙⁠❥⁠˙

    ¿Por qué escribo de esto?

    Para recordarme que no todo es aplauso, es intención, amor y verdad.

    .

    Mi confesión en esta historia es que aún sigo aprendiendo para qué hago las cosas y de muchas otras más. Y eso me hace muy feliz: seguir avanzando y aprendiendo de la gente que amo y que me ama.


    Y mientras aprendo, prometo:
    si alguien lo está intentando,
    si alguien está soñando
    y quiere que yo sea parte de ello…

    °

    Yo voy a aplaudir.
    Incluso cuando otros no lo hagan. Especialmente entonces, lo haré más fuerte.

    °


    Gracias por leerme, compartir, comentar, por ser tan geniales conmigo, por aplaudir fuerte y por ser parte de todo ésto. Mi agradecimiento, cariño y respeto siempre.

    Ah y si quieren leer mi primer librito digital aquí lo pueden encontrar 👇🏽

    Disfrútalo y permíteme acompañarte…

    Con mucho cariño siempre

    María 📚❤️🍀🕯️✨

    **(No sé si leerás esto. Espero que sí. Y quiero que sepas que deseo, de todo corazón, que algún día puedas disculparme. Tú sabes quién eres.)

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

    🩶🤍

  • Las recetas de la abuela: mi primer libro digital 📚✨


    Hay cosas que no se escriben para publicar.
    Se escriben para no continuar, para no olvidarse.


    Las recetas de la abuela nació así: despacio, sin prisa y sin la intención de convertirse en libro. Nació de la necesidad de volver a lo simple, a lo que sostiene cuando la vida pesa más de lo que quisiéramos admitir.


    Este es mi primer libro digital, y también es un homenaje.
    A las abuelas que curaban con tés y silencios.
    A las madres que sabían estar.
    A las mujeres que cuidaron sin hacer ruido y enseñaron que el amor también se hereda.


    No es un libro para arreglarte ni para decirte qué hacer.


    Es un recetario emocional para acompañar:
    para abrir al azar, para volver cuando haga falta, para recordar que no tienes que poder con todo.


    Aquí hay palabras suaves, rituales sencillos y pausas necesarias.
    Aquí no se corre. Aquí se cuida.

    Este libro es para mujeres cansadas de ser fuertes y hombres que quieran acompañar aunque no sepan como.


    Es para quien atraviesa cambios, duelos o cansancio, y también para quien quiere regalar compañía cuando no sabe qué decir.


    Publicarlo me emociona muchísimo. Porque escribirlo fue un acto de honestidad. Y compartirlo, un acto de confianza.


    Gracias por entrar a El mundo según María.
    Gracias por permitirme acompañarte.


    Si este libro llegó a ti, quizá no sea casualidad.
    🤍

    Con cariño

    Maria 📚🍀💕✨

    Lo puedes adquirir aquí 👇🏽

  • No huí. Decidí quedarme.

    Hay momentos en los que la vida no pide fuerza, pide verdad y valentía.  Y hay ocasiones —en esos momentos cruciales— en que quizá, solo quizá, la única opción que nos quede sea… quemar los barcos.


    Y suena contradictorio, porque se nos ha enseñado que rendirse nunca es opción. Que hay que pelear las batallas, morir en la raya, levantarse siempre, no descansar, salir a luchar una vez más.


    Pero hay una noche… una en especial,
    que parece una eternidad. Esa tan conocida y tan temida: la noche oscura del alma.

    Una noche que no siempre llega con tragedias evidentes. A veces se presenta con algo pequeño: un incidente ligero, un drama mínimo, algo que para otros sería insignificante.


    Sí… esa famosa gota que derramó el vaso.
    Ese día en que te das cuenta de que todo sabe insípido, que los colores pierden su brillo, que la vida simplemente pasa
    mientras una soledad fría se instala alrededor y todo comienza a perder sentido.


    Ese ruido interno que no se calla. O esa ausencia que cala tan hondo que parece llevarse a todos consigo.


    Conozco ese lugar. Y como muchos, no sé ni cómo llegué, porque para mí “No fue para tanto” lo que me había pasado, pero si lo era.


    Pero no es lo que pasó. Es todo lo que se acumuló durante años. Todo lo que, por miedo a que doliera, se fue guardando como en una presa invisible. Hasta que una sola gota hizo que todo se reventara.


    Y, sin darnos cuenta, comenzaron a desbordarse heridas antiguas, engaños que se creían sanados, miedos que se juraban superados. La verdad es que no se sanaron. Solo se escondieron. No se enfrentaron, no se gritaron, ni siquiera se confesaron aún a uno mismo.


    Porque sí, todos cargamos una herida, un miedo o una culpa que no se le cuenta a nadie y se cree que puede ocultarse incluso a si mismo.


    Así, con los años, se va acumulando todo lo que no se trabaja, lo que no se mira, lo que no se sana.


    Como ese botón que “luego se arregla”, esa puerta que “un día se compone”, esa mancha que “después se quita”… hasta que se vuelve parte de la casa, de lo nuestro, de la vida, de nosotros y un día, todo colapsa.


    Algo que sí les puedo decir y que he aprendido de todo esto: la noche oscura no es debilidad, no es falta de fe, no es un fracaso personal. Y, sobre todo, no se arregla fácil.


    No se enciende una luz y ya.


    Ella llega para avisarnos de que la realidad cambió —o tiene que cambiar—.


    No llega con certezas, ni con verdades claras, mucho menos con manuales. Solo muestra que hay algo que ya no se puede sostener, que ya no puede seguir igual.


    Es ese instante donde todo se rompe, donde no se puede detener la caída, donde los intentos por mantenerse de pie ya no funcionan.


    A veces ni siquiera llega de golpe. Empieza como una grieta. Por fuera todo parece estar bien, pero algo ya no encaja. Como un rompecabezas cuyas piezas ya no logran formar nada.


    Después viene el vacío. Se pierde lo que sostenía. La identidad se diluye. Dónde ni siquiera el espejo parece que no nos reconoce.


    Esta parte duele. Duele como cuando de niño alguien se pierde y quien debía llegar tarda más de lo esperado. Ese dolor de abandono. Esa soledad, que hace que duela incluso respirar.


    Después viene el despojo. Las pérdidas. En la mayoría de las ocasiones aparece una pérdida económica fuerte. Y aunque solemos creer que es la más importante, no lo es, pero si es de las que más inestabilidad genera.


    Aquí sí quiero pedirles algo importante: nunca le digas a alguien que está atravesando dificultades económicas que “el dinero no da la felicidad”.


    Eso es crueldad. Cuando no se sabe cómo comerá mañana, cómo pagará un techo o cómo llegará a fin de mes, el dinero sí importa.


    No se le pide a quien se ahoga
    que aprenda a nadar.


    Después, cuando la herida cicatrice,
    tal vez se entienda que el dinero no lo es todo. Pero no antes.


    Como decía Juan Gabriel:
    “Todo lo que se soluciona con dinero, ha salido barato.”

    En medio de esas pérdidas, hay una aún más dolorosa: soltar quién se era. Esa versión que durante años nos sostuvo. La persona fuerte, la que controlaba todo, la que resolvía. Pero la que no se detenía a sentir.


    Eran versiones valiosas, necesarias antes…
    pero ya no verdaderas. Y ahí nos daremos cuenta de que la noche oscura no viene a castigar. Viene a desnudar, viene a mostrar lo que ya no es.


    Después llega el silencio. El más duro… y quizá el más cercano al amanecer. Porque lo desconocido duele más que quedarse donde ya no se puede ser. Pero es necesario.


    En este momento es cuando pareciera que aunque se ora, se pide, se suplica, se buscan señales; el silencio es la única respuesta.


    Y aunque el silencio vuelve todo lento y confuso, es ahí donde realmente se aprende a ver y a escuchar. A confiar en lo que nace es bueno, cuando ya no queda nada que fingir.


    Porque es justamente en la oscuridad, en el silencio donde se forman nuevas raíces. Donde todo vuelve a empezar, donde todo nace, a su tiempo y no hay que acelerarlo.


    Y ahí llega la última etapa: soltarse.

    No es rendición, no es derrota. Es descanso.

    Es decir:
    No sé quién soy ahora, pero confío en que no me perdí.


    Entonces… llega el momento de quemar los barcos. Ese acto de verdad, donde se entiende que volver ya no es opción sin traicionarse. Que ya no hay plan B, porque sería continuar  negociando con lo que ya quedó pequeño.


    Quemar los barcos es decirle al miedo:
    no te voy a callar, pero tampoco te voy a obedecer.


    Es prender fuego a las excusas elegantes,
    a las versiones tibias, a los lugares donde se sobrevivía pero no se habitaba, es abandonar esa necesidad de que el amor venga de afuera y no desde adentro. Es arder para no perderse.


    Cuando todo arde, arde la nostalgia de lo que fue y la comodidad de no elegirse del todo. Y ahí, desde la orilla, sin rutas de escape, sin salvavidas, nace una fuerza distinta. La de quien ya no huye. La de quien se queda a construir con las manos temblando pero el corazón despierto.


    Porque cuando no hay regreso, aparece el compromiso. Y cuando no hay salvavidas,
    se aprende a nadar hacia la propia verdad. Ahí se entiende que es mejor perderlo todo
    que perderse a uno mismo.


    Entonces aparece un hilo de luz. Nada vuelve a ser igual, ni las versiones anteriores, ni quien se es ahora. Te das cuenta que de esa noche no se vuelve siendo el mismo.  Y algo se alinea. Se comprende que no era un hoyo, era un túnel, un túnel que tiene que terminar.


    Algo que puedo decirte si estás viviendo esto, es que no estás rot@. No llegaste ahí por error. Y no intentes entenderlo todo hoy. No fuerces decisiones que todavía no están listas.


    Sólo hay que entender que estas noches no se superan, se atraviesan.


    Que hay que permitirse el silencio, el cansancio y el no saber. Entender que eso que duele no vino a perderte, vino a devolverte, con más honestidad, con más luz y más cerca de casa de lo que ahora imaginas.


    La noche oscura del alma no es el final. Es el lugar donde comienza algo que, aunque aún no veas, es genial y ya te pertenece.


    Porque te prometo que al final cuando todo esto pase, lo que vendrá será una mejor versión de ti, que amarás. Sigue aquí, sigue confiando.


    (⁠◕⁠ᴗ⁠◕)

    Y como siempre gracias por leer, por darle me gusta, por compartir, por ser parte de todo esto. Gracias por todo y por tanto.

    Gracias también a quien ha ido más allá y me ha apoyado en la tienda virtual, espero que te sea de utilidad lo que subo al igual que estos escritos en tu vida. Te dejo aquí el link.

    .

    Un abrazo con cariño.

    María 📚❤️🍀🕯️✨🙏🏽

    Nota editorial:

    Este texto no busca dar respuestas ni soluciones rápidas. Es una reflexión nacida desde la experiencia y el acompañamiento silencioso de quienes atraviesan procesos profundos de cambio.

    Si este escrito llega a ti en un momento sensible, tómalo con calma, a tu ritmo. La noche oscura no se explica: se vive, se atraviesa y, con el tiempo, se transforma.
    Desde este mundo, te acompaño, esperando que al igual que yo, confíes en ti y en que pronto… esto también pasará..

    .

    Sígueme también en redes sociales y entérate de todo lo que el mundo según María tiene para ti. 🙏🏽 Gracias 🤍

  • No es nostalgia. Es sabiduría.

    Hubo un tiempo en el que la vida no se explicaba tanto…  se vivía.


    Antes, nuestras abuelas no hablaban de equilibrio, inteligencia emocional, gestión emocional o mindfulness. Ellas simplemente decían lo necesario… y funcionaba.


    Y quizá ahí está la solución a muchas de las cosas que hoy nos aquejan: no en lo complicado, sino en volver a lo que importa y funciona.


    Hace años había un director en una de las empresas donde trabajaba que, cuando las cosas empezaban a complicarse, siempre decía esta frase:


    Back to the basics.


    Se refería a volver a los procesos básicos, a revisar si realmente se estaban haciendo bien o si, en el camino, ya nos habíamos desviado de alguno.


    Casi siempre funcionaba.
    Al menos servía para confirmar que aquello que sabíamos hacer y que nos daba resultados podía ayudarnos a retomar el rumbo; eso que necesitaba ser reforzado… no ignorado.


    Hoy entiendo que no solo hablaba del trabajo.
    Hablaba de la vida.


    Porque realmente creo que lo mismo nos pasa a nosotros cuando algo se nos empieza a salir de control: necesitamos volver a lo básico.


    A nuestros inicios.
    A nuestras creencias, valores y, sobre todo, a nuestra esencia.
    A esa maravilla que somos, cuidando la experiencia y todo lo que hemos aprendido para ser mejores.


    Es darnos la oportunidad de mirar hacia adentro y preguntarnos qué dejamos de hacer: por error, por costumbre o simplemente por olvido.


    A veces, un pequeño detalle que se desconecta de nuestra esencia es suficiente para descomponer toda nuestra realidad.


    Pongo un ejemplo sencillo.
    Una relación amorosa que ya no fluye como antes. Tal vez la solución no esté en algo complicado, sino en volver a lo básico: un buenos días, un beso, un “qué guapa” o “qué guapo estás”. Volverse a tratar como cuando iniciaron y se enamoraron.


    Nos perdemos tanto en las rutinas, las exigencias y la vida “exitosa” que queremos construir, que olvidamos cosas tan simples como estar al pendiente de nosotros mismos, cuidarnos, retomar el ejercicio, comer mejor, ver a la gente que amamos o convivir con la familia y las personas que nos importan.


    Se nos olvida, con quienes queremos, que lo que sentimos es más fuerte que los errores que se cometieron. Y con nosotros mismos, que nuestra propia compañía vale más que aparentar algo que no somos o fabricar una versión que no nos pertenece.


    Estamos más preocupados por la opinión de los demás —que, por cierto, a muchos ni les interesamos— que por lo que realmente vemos frente al espejo.


    Creo que la solución real a muchos de nuestros problemas está justo en esa frase: back to the basics.


    Volver a pensar de forma sencilla, sin tanta complicación ni tanto drama. Regresar a lo que ya sabemos hacer bien.


    Entender que quizá —solo quizá— la vida no es tan compleja como parece y no exige tanto de nosotros… más que vivirla.


    Es retomar lo que somos, lo que hemos aprendido, esa carga fuerte y buena de sabiduría y potencial que tenemos. Todo eso que generaciones y generaciones antes han construido y transmitido a lo largo de los años.
    Como esas frases cortas, dichas al pasar, que sin saberlo nos acomodaban la vida.


    Así como los dichos que usa mi mamá, o los que muchas veces escuché decir a mi papá.
    Si me leen seguido, se darán cuenta de que siempre hay algo que aprender en sus palabras.


    Una de mis favoritas es: por algo los dichos están bien dichos.


    Esos que son sabiduría milenaria que nos recuerdan como es llevar una vida más tranquila, sencilla y en paz. Y que existían mucho antes de esta nueva era de hablar de bienestar. Esos dichos que no buscan impresionar, controlar o reprimir. Buscan recordar y enseñar lo que realmente vale la pena.


    Todo ese conocimiento de los abuelos hoy lo queremos aplicar llamándolo terapia, meditación o zen… cuando en realidad es experiencia, sabiduría y conciencia de lo básico, de lo que sí funciona.


    Podría escribir un libro con todos los refranes y dichos que alguna vez escuché de mis padres. Y ahora que mi mamá ya es Tita (abuela), esa sabiduría parece haberse multiplicado… o quizá soy yo la que hoy está más abierta a escuchar.


    Así que tal vez valga la pena volver a poner atención a esos refranes que tanto tienen que decirnos. Quizá ahí esté la respuesta y lo que realmente significa volver a nosotros y ser felices… simplemente vivir bien.


    Como cuando decía la abuela:


    Despacio que tengo prisa”, porque correr sin sentido nunca fue sinónimo de avanzar.


    El que mucho abarca, poco aprieta”, una advertencia a tiempo contra el exceso y esa manía de querer llegar a todo, pudiendo hacer mejor lo que sí importa.


    Cada cosa en su lugar”, no solo en la casa, también en la mente y en el corazón; darle espacio a lo que realmente importa.


    Más vale poco de lo bueno que mucho de lo malo”, cuando la calidad de vida pesa más que la cantidad de cosas por hacer.


    No por mucho madrugar amanece más temprano”, un recordatorio amable de que la vida tiene ritmos que no se pueden forzar. Todo llega a su tiempo.


    El hábito no hace al monje”, porque volver a lo básico también es regresar a la esencia, no a la apariencia.


    Y quizá el más sabio de todos: agradecer lo que hay.
    Aunque no lo diga el refrán tal cual, era la enseñanza detrás de todo: agradecer una mesa puesta, una buena compañía, un consejo… incluso aquello que nos rompió, pero nos dio espacio para florecer.


    No importa cómo le llamemos: simpleza, sabiduría o sentido común —aunque a veces sea el menos común de los sentidos—.
    Es recordar todo eso que nuestros antepasados nos transmitían en voz bajita y con cariño, y que hoy reaparece en forma de apps, terapias o libros.


    Porque antes la vida no se “optimizaba” ni se “estructuraba”. Simplemente se vivía.


    En resumen, las recomendaciones de las Titas eran sencillas:

    • Comer comida de verdad.
    • Dormir cuando el cuerpo lo pedía.
    • Tomar un té antes de entrar en pánico.
    • Salir al sol aunque fuera unos minutos.
    • Arreglar la casa para acomodar también la cabeza.


    La abuela sabía que no todo se resuelve corriendo, que no todo merece respuesta y que el silencio también cuida.


    Sabía que agradecer es una forma de abundancia, que comer despacio honra la vida y que lo simple, casi siempre, es suficiente.


    Hoy le llamamos mindfulness.
    Ellas le llamaban vivir bien.


    Tal vez no se trata de aprender algo nuevo ni de encontrar nuevas respuestas. Ni de sumar más conceptos, métodos o nombres para lo que ya sabemos hacer bien.
    Y quizá, solo quizá, recordar lo esencial —lo que cuidaba el cuerpo, lo que calmaba la mente y lo que sostenía el corazón— sea una buena solución para estar mejor.


    Porque volver a lo básico, con intención, quizá sea la forma más honesta de volver a nosotros.

    Es el camino más claro para regresar a casa ❤️✨.


    Volvamos a lo que realmente importa, volvamos a la bondad; ahí es donde también se aprende a ser felices.

    Gracias a todos por leerme, por compartir, por darle like y comentar. Gracias por todo lo que han hecho 🙏🏽.

    Que lo bueno sea lo que siempre esté a su favor.

    Un abrazo con mucho cariño…

    María 📚❤️✨🍀🕯️✨

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

  • No es cambiarlo todo. Es quedarme con lo que sí importa.

    Feliz 2026. ✨🍀🕯️❤️


    Que Dios, la vida, el universo —o en quien creas— te regalen aquello que tu corazón anhela y por lo que estás dispuesto a luchar, incluso cuando parezca que todo tiemble.


    Hoy, con el corazón más despierto que nunca, sé que el 2026 será tan bueno como cada uno de nosotros se atreva a creerlo y crearlo. Y hay una frase de mi mamá que siempre me acompaña y confirma esto: la historia la escriben los valientes.

    Sí, somos arquitectos de nuestro destino.
    O al menos ese albañil que decide construirlo todos los días. Así que más vale hacerlo con cuidado… y con amor.


    A mí me gustan los primeros días del año.
    Los lunes que prometen.
    Los cuadernos nuevos que aún no saben lo que van a contener.
    Los propósitos, los viajes a lo desconocido, las historias que apenas comienzan.
    Sí, creo profundamente en los nuevos comienzos.
    Y en esa hermosa insistencia que tiene la vida de darnos otra oportunidad para empezar de nuevo.


    Este año puede ser esa libreta en blanco donde escribamos una historia que, al volverla a leer, nos haga sonreír.


    Pero seamos honestos…
    ¿Todo cambia solo porque cambia el año?
    Ojalá así fuera. Pero no.
    Nada cambia si seguimos siendo los mismos de siempre. Si no nos damos permiso de sentir, de cuestionarnos, de mirar hacia adentro.


    Nos hemos vuelto expertos en no sentir.
    En huir del dolor. En anestesiarnos con frases que nos enseñaron a callar lo que duele:
    “No llores”,
    “No exageres”,
    “Sé fuerte”.


    Y en ese intento por no rompernos… lo que logramos es vaciarnos.


    Vivimos como si estuviéramos en guerra, creyendo que ser fuerte es resistirlo todo.
    Pero Dios —o la vida— no nos quiere guerreros…
    Nos quiere en paz.
    Nos quiere felices.
    Nos quiere amándonos, no defendiéndonos todo el tiempo.


    Y todas las creencias, caminos y terapias coinciden en eso.


    Nos esforzamos tanto por aparentar que olvidamos quiénes somos.

    • Buscamos más el outfit perfecto que la calma interna.
    • Cuidamos más la imagen que la salud.
    • Queremos la foto para demostrar… y no para recordar.


    Aquí hago un paréntesis.
    Tómate fotos. Muchas. Siempre. De lo que amas. De lo que te hace reír. De lo que hoy parece cotidiano.
    Que no nos pase eso de “debí tirar más fotos de cuando te tuve 🎶”.
    Porque las fotos no detienen el tiempo… pero abrazan la memoria 💛.


    Sigamos…


    Muchos propósitos fracasan no porque sean malos, sino porque nacen desde un lugar equivocado. Desde la apariencia. Desde la exigencia. Desde la culpa.


    Cuando algo no nace del alma, no se sostiene.


    Hablando de sentir, les tengo un dato curioso, aunque suene extraño, ¿saben qué uno de los motores más fuertes de las personas es la ira?.

    Ese sentimiento bien canalizado puede mover montañas. Mal entendido, puede destruirnos por dentro.

    Así que aún lo «malo» puede traer grandes frutos, si se maneja correctamente…


    Ahí entra esa gran aliada que todos deberíamos cultivar: la inteligencia emocional.


    Porque la gente débil reacciona, pero las personas conscientes razonan.


    Razonar también es sentir.Sentir con todo el cuerpo. Las personas emocionalmente inteligentes se enojan, lloran, se rompen…
    pero respiran antes de herir.
    Eligen antes de explotar.
    No se trata de dejar de sentir.Se trata de aprender a habitar lo que sentimos sin perdernos ahí.


    Date permiso de sentirlo todo. Incluso lo incómodo. Incluso lo que duele. Darte la oportunidad de querer que arda el mundo, pero que te permita entender que lo único que ocupa arder es tu corazón, para vivir con propósito


    Solo date cinco minutos para explotar y no te quedes a vivir ahí. Dale su momento… y sigue.


    Entenderte no elimina las emociones, pero las vuelve más llevaderas. Y eso hace que avanzar sea menos pesado.

    No hay fórmulas mágicas para cumplir propósitos. Eso de los tres, cuatro o diez pasos infalibles para lograrlos es mentira. Son procesos, hay cansancio y hay días donde no se puede.


    Y si estás en constante alerta o ansiedad, ya valió. Y además estás cansada o cansado física y mentalmente… peor. Será muy difícil lograr algo así.

    Así que lo que requerimos es iniciar por limpiar. Pero no solo es barrer o sacudir. Es limpiar el entorno, las creencias, las relaciones, el corazón. Alejarte de lo que no suma. Soltar rencores y traumas que ya no necesitas cargar.


    Y si fallas, porque sin duda podrá suceder, no te abandones. Si un día no logras avanzar en un propósito, no lo dejes: sustitúyelo.
    ¿Rompiste la dieta? Continúa, al siguiente día como si no hubiera sucedido; pero ese día cumple otro propósito, como escribir o salir a caminar. Cúmplelo. Agradécete. Prémiate. Eso ayudará a sentir que no fracasaste. Además siempre cumple tus promesas contigo.


    Crear un hábito no es fácil y cumplir un propósito menos. Toma al menos 21 días sembrar la semilla, cuidarla, regarla y ver que crece. Confía en el proceso.Es un paso a la vez. Divide tus planes a días y cada día haz algo que te acerque a tu sueño.

    Los grandes cambios inician por un simple paso. Con la mejor frase de avance que hay: sólo por hoy.


    Así que si quieres flores este año, siembra flores hoy y cuídalas. Pronto verás que valió la pena.


    Hablando de propósitos, te comparto los míos para este año:
    🖤 Quiero acercarme a mis miedos, no para dejar de sentirlos, sino para conocerlos y, aun con ellos, construir mi paz y felicidad.
    🖤 Quiero hacerme amiga de la fe. Creer también en mí. Imaginar no solo escenarios catastróficos, sino también mil llenos de amor y dicha.
    🖤 Ser honesta conmigo, para saber, aunque sea un poquito, cuándo rendirme y cuándo seguir. No quedarme donde no soy feliz ni irme de donde sí puedo serlo, solo por miedo.


    Es sencillo: que pase lo que tenga que pasar.


    Ya no quiero un cuerpo perfecto para las fotos; agradezco un cuerpo sano.
    Ya no quiero dinero para comprar muchas cosas; agradezco abundancia para estar en paz y ayudar.
    Ya no quiero un príncipe azul; agradezco que mi compañero de vida, quiera vivirla y nos acompañe el amor.


    Deseo ser mejor persona, para que las personas correctas caminen conmigo. Porque no se trata de lo que quiero que vean en mí, sino de que lo que yo vea en mí me haga feliz. Y poder ser parte de la felicidad, paz o tranquilidad de alguien más.


    Y tengo un gran sueño: seguir aquí, escribiendo…
    Aunque no siempre sepa cómo decir las cosas. Aún con mis palabras torpes, errores y rebeldía. Pero con la firme esperanza de tocar corazones y llegar a alguien que diga: yo también me he sentido así.

    Ser compañía. Y, por qué no, ejemplo —aunque no sea perfecta— de que se puede escribir de bondad, esperanza y de lo bueno que hay, incluso con el alma hecha cachitos.


    Porque las palabras honestas, dichas desde el amor, siempre encuentran el camino correcto para llegar a su destino. Y hacerlo desde el corazón, porque aprendí que es realidad lo que me dijeron sobre este blog:  «No todos van a entenderlo, pero quien lo entienda, lo va a sentir. Y eso, María, es exactamente para lo que sirve escribir ✨».


    Para terminar

    Sé que será un gran año, porque la fe es lo que nos queda… y de ahí hay que colgarnos si es necesario.


    Gracias, muchas gracias por ser las personas correctas para mí, gracias por leerme, compartir, darle like y comentar.

    Gracias por todo lo que hacen para mostrarme que siguen aquí, siendo parte de este increíble sueño.

    Gracias por todo y por tanto

    Con mucho cariño y con la creencia y fe de que todo llegará con facilidad, gloria y gozo para todos.

    María 📚❤️✨🍀

    .

    .

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏼

  • Seguí caminando. Y eso también fue valentía.


    Wow, está por terminar el 2025.
    Ha sido, sin duda, uno de los años más retadores de mi vida. El de grandes cambios, pero también el que trajo más aprendizaje del que jamás imaginé.

    Aún no sé bien que fue lo que lo complicó: si Urano pasando por mi signo, la energía negativa, el año 9 o la cadena que no envié en 1998 -obviamente yo ayudé en mucho, pero no le digan a nadie por favor-.  Lo que sí sé es que comprendí algo fundamental:


    No somos lo que nos pasa…

    somos lo que hacemos con lo que nos pasa.


    Hay quien cree que lo que nos sucede le da nombre a nuestra existencia. Pero alguien me dijo alguna vez – y con mucha razón -: una cosa es que existan momentos o situaciones que se repiten en nuestra vida y otra muy diferente es anclarnos a ellas.


    Dicho de otra forma, creer que nuestra vida es:
    “No tengo suerte en el amor”,
    “siempre pierdo”,
    “nunca me sale a la primera”.


    O que ya está escrita de principal a fin y que lo que nos sucede es un mandato sin apelación o cambio, es como vivir sin sentido. Sería simplemente estar. ¿Y así que chiste?.

    Aunque sí creo que existe una línea en nuestra vida llamada «destino», al final las decisiones que tomamos son las que escriben nuestra historia.


    No sólo somos el actor o la actriz principal. Somos los escritores de nuestra propia historia. Date la oportunidad de escribir una que siempre quieras volver a leer.


    Cuando algo no nos gusta —cómo me tratan, mi trabajo, mi cuerpo, mi vida— si ponemos atención descubriremos que hay un común denominador:


    Yo.

    Así que para cambiar nuestra realidad, hay que empezar justo ahí. Por el Yo y en como vemos y procesamos lo que sucede.


    Donde pones tu foco, construyes tu realidad. Por ejemplo, claro que hay injusticia afuera, es cierto, pero también hay gente justa.  No se trata de no ver lo malo, sino de no enfocarlo todo en esa dirección.


    Es como el día que tiene la magia de la luz y la noche el enigma de la oscuridad. Pero al final, todo tiene su lado bueno… y el que parece que no, quizá no lo es tanto.


    Nos enseñaron a no mostrar lo malo, a no decirlo, a no exhibir la herida. Por el miedo a que nos hagan daño o al «que dirán». Y sí, sé que hay personas que dañan y sacan provecho cuando te ven vulnerable. Pero también hay gente buena, y eso es lo que realmente importa. Son seres que te ayudan a avanzar.

    Cuando sacas a tus monstruos (miedos) a la luz, cuando los trabajas, los entiendes y los nombras, se hacen pequeños. Dejan de asustar.


    Para que algo deje de doler, hay que sentirlo. Y hay que decirlo para poder estar tranquilos.


    Porque la paz si es posible, pero es necesario entenderla: ya que no es ausencia de problemas; es saber que estás en el lugar correcto, darte permiso de soltar y tener la libertad de ser tú. Es un trabajo de adentro hacia afuera.


    Durante este año, que fue realmente complicado, creí que estaba atrapada en un inmenso hoyo negro sin fin. Hoy descubrí que no.
    Que es un túnel… Sólo un túnel. Y va a terminar pronto.


    Mientras lo pasamos, aunque a veces sea un poco largo, no nos queda más que dejarnos ir, soltarnos.

    Ya que en ocasiones no hay aprendizaje inmediato, ni frases que soporten lo que duele. A veces lo único posible es sostenerse, seguir respirando y no endurecer el corazón. También eso es avanzar.

    No todo se transforma rápido, no todo se entiende a la primera, pero incluso en la confusión hay movimiento. Y mientras sigas caminando —aunque sea lento, aunque sea sin claridad— ya estás eligiendo no quedarte donde el dolor quiso detenerte.


    Porque al final, lo que importa no es lo que ocurre, sino lo que hacemos con ello.


    La psicología cognitiva lo explica así:
    no sufrimos por los hechos en sí, sino por la interpretación que hacemos de ellos.


    Dos personas pueden vivir la misma experiencia y salir con significados completamente distintos.


    Hay un caso muy claro: dos hermanos, uno alcohólico y el otro no. Cuando les preguntaron el motivo, ambos respondieron lo mismo:
    “Porque mi papá fue alcohólico”.


    La misma casa, la misma familia, el mismo padre. Resultados completamente distintos.
    Porque la experiencia no define: define quién la vive y qué hace con ella.

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*⁠。


    No temas a los momentos difíciles ni a las heridas. Romperse también es una posibilidad inmensa y poderosa de levantarnos y crear algo mejor.


    Existen estudios – y también la vida – que demuestran que, después de momentos complicados, podemos desarrollar mayor fortaleza emocional, claridad de valores, vínculos más auténticos, una relación más profunda con nosotros mismos y resiliencia.


    Pero… ¿Qué es ser resiliente realmente?


    No es aguantarlo todo. Es reconstruirse con sentido.


    Es atravesar las experiencias difíciles sin permitir que definan quién eres. Es sentir el dolor, comprenderlo y transformarlo en aprendizaje.


    No siempre se nota en los grandes actos. A veces vive en lo pequeño: en levantarte sin ganas, en responder distinto, en elegir el silencio donde antes gritabas o en irte de lugares que ya no te sostienen.

    No es épica ni ruidosa; es silenciosa, constante y profundamente personal. Y muchas veces, cuando por fin te das cuenta de que eres resiliente, ya llevas tiempo siéndolo.


    Para mí, si algo dejó este 2025 es claridad:
    Que aún cuando no todo se entiende, ni todo se sana de inmediato, todo puede transformarse si no renuncias a ti. Que no eres débil y que hiciste lo mejor que pudiste con lo que sabías y con lo que tenías a la mano.

    Así que, recuérdalo siempre:

    No somos lo que nos pasa. Somos la conciencia que despierta después, la decisión de no quedarnos a vivir en el dolor, la valentía silenciosa de seguir siendo quienes somos aun cuando la vida nos haya cambiado.


    Y si hoy sigues aquí, leyendo, respirando, cuestionando y sintiendo, entonces no estás roto o rota.


    Estamos Vivos.


    Y eso —aunque a veces no lo parezca— siempre es el inicio de algo mejor.


    Que el 2026 sea un increíble año y conceda todo eso que tu corazón anhela. Un tip: si quieres flores para el próximo año, comienza a plantarlas hoy.  Somos lo que hacemos.

    Un abrazo grande, gracias por haber estado conmigo este 2025, en el inicio de lo que parecía una locura y hoy me hace inmensamente feliz.

    Muchas bendiciones y gracias por todo y por tanto 🙏🏼

    Con cariño…

    María 📚🍀✨🕯️ ❤️

    .

    .

    Sígueme también en redes sociales.

    Tienda virtual:

    🛍️🛒elmundosegunMaría

  • No se trata de merecer sólo por ser, se trata de crear, paso a paso, la vida que soñamos.

    ¿Alguna vez han escuchado que alguien diga: “Deseo que recibas todo lo que te mereces”?

    Confieso que, durante mucho tiempo, ese deseo me parecía demasiado fuerte. Aunque naciera de buenas intenciones, me sonaba ofensivo, incluso hiriente. Lo sentía más como una sentencia que como una muestra de cariño.

    Creo que, a la fecha, en el fondo lo sigo viendo así… pero hoy entiendo que, en realidad, es una de las declaraciones más honestas que existen.

    Somos merecedores de todo por lo que hemos trabajado, de todo lo que hemos creído y creado.
    Nos merecemos todo por lo que hemos luchado.

    Para bien o para mal…

    Hoy vivimos en un mundo que habla constantemente de amor propio, sanación y merecimientos, como si fueran ingredientes de una receta que nos llevará directo a la perfección y a la felicidad perpetua.

    Y qué equivocados estamos…

    Nada es lineal, todo tiene cambios y requiere movimientos, ajustes, congruencia, reciprocidad.

    Hay días buenos y malos. Hay historias que no tienen un final feliz, pero sí mucho aprendizaje. Nuestra vida requiere esfuerzo y trabajo. Aunque a algunos se nos olvida.


    Un claro ejemplo es que en ocasiones queremos que nos amen, sin aprender a amarnos nosotros primero para poder amar correctamente.
    Es como si quisiéramos, sacarnos la lotería sin comprar boleto.


    Y claro que nos merecemos todo… Nos merecemos lo mejor del mundo, siempre y cuando nos aferremos a trabajar por ello.

    Si no, lo único que sucederá es que estaremos frustrados si no se da. 

    Nuestra historia está escrita para ser maravillosa. Y se nos dará lo necesario para que así sea. Sin duda nos merecemos una historia plena. Manifestemos que sea genial.


    Sólo recordemos que manifestar no es solamente decir: “merezco ser exitos@, feliz, en plenitud y en amor”.

    La manifestación no responde a palabras, responde a la energía. Y eso lo he aprendido a golpe y porrazo.

    Yo me preguntaba:
    ¿Por qué no funciona si he pedido al universo y he orado a Dios para que todo se componga?

    La respuesta estaba dentro de mí.
    Por dentro vivía muerta de miedo, sin una pizca de creencia de que alguien me escuchara o de que todo pudiera hacerse realidad.

    Tampoco les presumiré que todo se ha compuesto; para nada. Pero ahora sé que, aunque las cosas no sucedan como esperamos o volvamos a caer, no siempre es algo malo.


    A veces estar tirado en el suelo sirve para ver las estrellas, para descansar… o para entender que tu historia puede ser mejor, si tan solo dejas que suceda.

    .

    Y si hoy estás leyendo esto desde el cansancio, desde la duda o desde una caída reciente, quiero que sepas algo: no llegaste tarde, no fallaste, no estás roto. Estás en proceso. Y eso también cuenta.

    .

    El secreto no está en que cambie lo de afuera. El verdadero secreto es cambiar uno por dentro. Y es ahí donde todo, poco a poco, empieza a cambiar de verdad.

    Hoy entiendo que vibrar alto es enfocar toda tu energía hacia un objetivo.

    Les daré un ejemplo extraño:

    ¿Alguna vez han visto que a alguien “malo”, o que hace cosas malas, todo le sale bien?

    Hasta parece injusto. Uno siendo honesta y “buena”, y nada más no le funcionan las cosas. Mientras quien no tiene empacho en herir, lastimar o tomar caminos no tan correctos, pareciera que siempre le va bien.

    El porqué es sencillo: esas personas jamás sienten que estén haciendo algo malo y están completamente convencidas de que lograrán lo que buscan. Confían tanto en ello y trabajan con tal determinación, que terminan alcanzando muchos de sus objetivos.

    Punto importante aquí: al final siempre gana el bien. Siempre. Se los prometo.

    Lo interesante de todo esto es:

    Sí, hay que manifestar y confiar en que todo lo bueno llegará a nosotros con facilidad, gloria y gozo… siempre y cuando vibremos en esa sintonía y trabajemos por ello.

    Sí , puedes pedir incluso lo imposible, todo puede ser posible si crees en ti y enfocas todo hacia ese camino:
    tus pensamientos, tu energía, tu trabajo, tu amor, tu ser completo.

    ¿Qué todo se nos dará? No te lo puedo asegurar.
    Pero sí puedo decirte que lo anterior nos acerca mucho a lo que buscamos.

    Quizá no existen fórmulas mágicas, pero sí pequeños recordatorios que pueden ayudarnos a caminar con más conciencia:

    • Revisa si lo que estás pidiendo también estás dispuesto(a) a trabajarlo.
    • Cuida tu energía tanto como cuidas tus palabras.
    • No te castigues cuando avances lento; ir despacio también es avanzar.
    • Ama bien, incluso cuando no te amen como esperas.
    • Confía… pero confía haciendo tu parte.

    No se trata de merecer por decreto, sino de construir, paso a paso, aquello que anhelamos.

    Y lo más importante:

    Vive por tus sueños, pero no te encadenes a ellos.


    Deja siempre una puerta abierta, porque te aseguro que Dios (o en quien creas) tiene una historia mejor que la nuestra.

    Cuando nos aferramos demasiado a algo, la frustración por no lograrlo puede ser terrible.

    Quizá estamos esperando un chocolate… y la vida quiere darnos la dulcería entera. Pero por aferrados, ni el chocolate ni la dulcería.

    Y tampoco desees la vida de alguien más. Puedes llevarte desagradables sorpresas, porque su realidad quizá no te guste tanto.

    Yo no suelo compararme con nadie. Lo viví durante mucho tiempo y me prometí jamás hacérmelo yo. Por eso me aferro a esta creencia:

    No envidies la cruz de alguien más; no sabes realmente cuánto pesa.

    A veces vemos la vida de otros y decimos:
    “¿De qué se puede quejar, si no sufre?”

    Y qué equivocados estamos. Solo vemos lo que para nosotros es importante, no el trasfondo de lo que realmente es.

    O como diría mi madre:
    Nadie sabe lo que tiene la olla, más que la cuchara.

    Y pasa incluso con nosotros. Aunque no lo creamos, habrá quien desee nuestra vida, porque no ve lo que nosotros sí. O quizá, porque ellos logran ver mejor lo que nosotros no, por estar enfocados únicamente en lo malo.

    Así que la vida es buena, te lo aseguro. Aun con todas sus complejidades, con la maravilla del día y la magia de la noche

    Sólo que sí requiere de tu trabajo, tu pasión y tu alegría. Y, sobre todo, requiere que la vivas.

    Tal vez no tengamos todas las respuestas, ni la vida resuelta, ni el camino claro. Pero seguimos aquí. Sintiendo, intentando, aprendiendo. Y solo por eso, ya merecemos tratarnos con más amor.

    Porque la felicidad no es un premio ni una meta lejana. Es un derecho que se construye todos los días, aun con miedo, con dudas y con cicatrices…

    Y nos merecemos ser felices.



    Yo deseo para ti todo lo bueno que te mereces, y que tus más grandes sueños se conviertan en una hermosa realidad.

    Gracias siempre por ser parte de todo ésto.
    Gracias por apoyar este sueño que parecía una locura y hoy me hace inmensamente feliz 💝

    Gracias por todo y por tanto.

    Felices fiestas 🎄🎁✨

    Con mucho cariño,
    María 📚❤️✨🍀




    Sígueme también en redes sociales 🙏🏼:


  • Hay comienzos que no hacen ruido.
    No llegan con fuegos artificiales ni promesas exageradas.


    Llegan suaves… pero llenos de intención.

    Hoy quiero compartirte uno de esos comienzos.

    Estoy profundamente emocionada de presentarte la Agenda 2026 de El Mundo Según María. No como un producto, sino como un espacio. Un lugar donde puedes volver a ti cuando el mundo aprieta, cuando el ruido es demasiado o cuando simplemente necesitas orden y calma.

    Esta agenda nació de muchas páginas escritas en silencio, de preguntas que no siempre tuvieron respuesta inmediata y de la certeza de que vivir con intención cambia la forma en que habitamos nuestros días. No está hecha para exigirte más, sino para acompañarte mejor. Para ayudarte a avanzar sin perderte, a organizarte sin olvidarte, a crecer sin dejar de cuidarte.

    Cada mes, cada reto, cada espacio en blanco fue pensado como un recordatorio: tu proceso importa. Tu ritmo es válido. Y siempre puedes volver a empezar.

    Algo nuevo está comenzando.
    Y si este año sientes que quieres hacerlo diferente, más consciente, más tuyo… este puede ser un buen lugar para empezar.

    Confío que te gustará. Y gracias siempre por ser parte de todo ésto que se está creando. Gracias. Muchísimas gracias.


    Con cariño,
    María 🌿

    Aquí la puedes adquirir 👇🏽 si gustas.

    Gracias. Muchas gracias ☺️

  • Sanar es parte del camino, no la carretera entera.

    ¿Nunca les ha pasado que sienten como si una frase aparece y les da luz en algo que les está sucediendo?

    Como si hubiera sido escrita para darte respuestas. O como dijera don Miguel de Cervantes Saavedra:

    En algún lugar de un libro 📚, hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia.


    Bueno, eso es lo que me sucedió con la siguiente frase:

    “La vida debes disfrutarla, no puedes sanar para siempre”.


    No sé de quién sea, pero en cuanto la leí me di cuenta de que era justo lo que necesitaba para responder una pregunta que me perseguía desde hace días:
    ¿Cuánto tiempo falta para qué sane?

    La respuesta era sencilla:
    No todo está roto. No todo requiere sanar.

    Déjenme explicarlo mejor. Nos han vendido la idea (y lo peor es que la hemos comprado) de que debemos sanar; que nuestras heridas deben arreglarse, que el corazón debe curarse y no sé cuánta cosa más.

    Y sí: somos seres en constante evolución. Claro que las heridas deben cerrarse y el corazón pegarse. Pero no podemos vivir en un constante intento de sanar.

    No estamos mal hechos, rotos o enfermos. No siempre necesitamos sanar. Algunas veces solo necesitamos avanzar, otras detenernos, y muchas otras, simplemente disfrutar. Aunque en todas si se requiere aprender. Ese es el chiste real aquí, saber que hay que evolucionar.

    Curiosamente, está obsesión por sanar, se termina convirtiendo en un pretexto para no hacerlo, diremos que nos volvemos «hipocondriacos», terminamos buscando de que más hay que sanar. Además, en ocasiones lo usamos hasta para evitar interactuar o ayudar a otros: «no puedo, estoy sanando».

    Nos hemos envuelto tanto en “sanar” que ni sanamos ni avanzamos, ni soltamos ni disfrutamos. Nos hemos comprado una obsesión por querer entenderlo todo, que se nos olvida sentirlo, vivirlo y —lo peor de todo— aceptarlo.

    Claro que habrá muchas cosas que sí necesiten sanar, pero yo ya me estoy hartando de esta cansadísima tarea de estar “sanando” siempre. Mi versión no es tan mala; por supuesto que puedo ser mil veces mejor, pero no es una carrera, no es una obligación: es un proceso menos complejo… es avanzar y vivir.

    Hay tanto que tenemos que «sanar» que el listado es larguísimo, ahora resulta que debo sanar: mi relación con el dinero, con mis padres, mis antecesores, los hijos que nunca tuve, la niña de la primaria que me rompió los colores, el niño del kínder al que hice llorar porque me dio un beso, mi linaje, la bisabuela que no conocí, mi herida de abandono y rechazo, y hasta el perro que se perdió cuando mi hermana era pequeña.

    Y todo lo malo que me pasa es por «no sanar», no, algunas cosas simplemente pasan, aunque seamos buenos. La mayoría son por malas decisiones y otras más por despistados (para que no se escuche tan feo).

    Pero ¿a poco no?, que cansado es esto de sanar, sanar, sanar…
    ¿Y lo de vivir? ¿Dónde lo vamos a dejar?

    Nos preocupamos tanto por aparentar que estamos bien y “en proceso de sanar”, que hasta parece que es «cool»: «estoy sanando», es nuestra carta de presentación y vivimos en una constante vorágine por querer entenderlo todo, que ni sanamos, ni evolucionamos, ni avanzamos.
    Ni vivimos.

    ¿Por qué, en vez de andar despertando a nuestros ancestros, demonios, fantasmas, ruidos internos y espíritus de no sé qué, no nos acercamos a los que están aquí y les damos un abrazo fuerte, de esos que te pegan los pedacitos rotos?

    Quizá en ocasiones no es necesario sanar y sólo baste con pedir perdón… o, mejor aún: perdonar. O quizá eso realmente sea sanar.
    Dejar los rencores para las novelas del horario estelar y los resentimientos para otra ocasión.

    Si mejor tratamos de cumplir nuestras promesas, sobre todo las propias: mejorar nuestra salud, permitirnos descansar, dejar de perseguir a quien no quiere estar, soltar la necesidad de controlarlo todo o querer cambiar a quien no quiere hacerlo.

    Y lo mejor de todo: amarnos, así, con todo lo que somos. Con la perfección de lo imperfecto. Con la convicción de que venimos de algo divino y, por consiguiente, somos seres divinos. Hijos de Dios (o como tú le llames: universo, vida, luz… es lo mismo, alguien más grande). Y Él siempre tiene una mejor historia que la nuestra, sin duda.

    Volvamos a ayudar a quien lo necesita, a hablarle a quien extrañamos, a decirle que amamos a quien lo sintamos. A visitar a quienes aún están…

    Qué tal si nos volvemos «exitosos» poniendo nuestros dones al servicio de los demás.

    Porque ya es suficiente con las mil batallas que afrontamos, esas historias que no contamos, por miedo a que nos vean débiles, como si los demás no vivieran las suyas. Ya es suficiente con nuestra lucha diaria como para todavía tener que hacer mil terapias para sanar.

    Si es importante buscar alguna terapia que nos ayude, la que decidas, tu sabrás la que más te sirva. Eso es muy bueno, sólo no te obsesiones, ni hagas demasiadas.

    Porque para encontrarte hay que voltear hacia adentro. Como es adentro es afuera.
    Así es como se sana, como se avanza: siendo conscientes de algunas cosas, que hay que hacer o dejar de hacer, por ejemplo…

    Deja de castigarte por cómo reaccionaste ante tal o cual situación. Pide perdón si es necesario y responsabilízate por el error. Hiciste lo que pudiste con lo que sabías y tenías en ese momento. Aprende de ello, pero avanza. No se trata de hacer como que no pasó o de minimizar lo que al otro le dolió. Se trata de aprender y avanzar. No de cargar con la culpa.


    La culpa debe servir para pedir perdón, reconocer lo propio y accionar. Viene a enseñar, a corregir. Debemos aprender, porque si no, la vida nos repetirá la lección. No permitas que venga a castigar.

    Algo que debemos tener cuidado, pero si ocupamos diferenciarlo, es entender que  no todo es nuestra culpa. Hay cosas que no lo son, pero quizá sí sea nuestra responsabilidad solucionarlo. Si me afecta —aunque no haya sido mi culpa—, es a mí a quien le toca hacer algo: corregir, aprender, perdonar, redirigir o simplemente irme.

    Otra cosa que también debemos entender, es que no siempre lo que nos muestra otra persona es nuestro reflejo. Hay cosas que nos molestan porque son injustas, y cosas que nos agradan porque son hermosas. Mucho podremos ver en otros —sobre todo lo bueno—, pero todos somos diferentes. No todo lo que ves en otros lo tienes que sanar. No todos son espejos, algunos son claridad.

    Otro punto es que nadie avanza ni sana al mismo ritmo. No tienes que justificarte, ni acelerar, ni disculparte. Tus tiempos son tuyos; lo que tardes en levantarte es tu asunto y también tu responsabilidad. Eso sí: no importa tu ritmo, pero intenta avanzar siempre, aunque sea un pequeño paso a la vez.

    Por último (y para mí, el más importante):
    Deja de responsabilizar a los demás por lo que te sucede.


    Da las gracias si alguien te ayuda y perdona si alguien te ofende. Pero deja de creer que es responsabilidad de otros cómo tú te sientas.

    Deja de buscar culpables y mírate con amor.


    Una historia para entenderlo mejor

    Un hombre quería vivir en una casa vieja, pero antes decidió repararla. Arregló una pared, luego otra… y cada arreglo revelaba un problema nuevo.

    Pasaron semanas y se dio cuenta de que no podía vivir en su casa: solo la reparaba.

    Un vecino le dijo:
    —Una casa nunca queda perfecta. Si solo la arreglas y nunca la habitas.

    Ese día el hombre dejó algunas grietas sin tapar, abrió las ventanas y encendió las luces aunque todo siguiera imperfecto. Y volvió a su casa.

    Ahí entendió que sanar no es dejarlo todo impecable… sino volver a habitar la vida, incluso con sus grietas.

    (⁠*⁠˘⁠︶⁠˘⁠*⁠)⁠.⁠。⁠*⁠♡

    .

    Diría mi madre: Una casa abandonada, siempre se va a deteriorar. Y tiene razón, si no vuelves a ti, jamás mejorará nada.


    ¿Qué no es sanar?

    No es buscar a quien te dañó; es corregir lo que hirió en ti, desde adentro.

    No es olvidar, no es hacer como que no pasó; no es borrar la cicatriz. Es saber que está ahí, no para recordarte la herida, sino para confirmarte lo fuerte que eres.

    No es sonreír para aparentar que ya sanaste; no es adaptarte ni esconderte para no molestar a otros.

    No es ser “fuerte” todo el tiempo. No es un estado de paz o perfección permanente.

    Sanar no es ir tachando pendientes emocionales como si fueran tareas. No es tener todas las respuestas. No es que el dolor desaparezca por completo.


    Y no es convertirte en una versión impecable de ti mismo que nunca vuelve a romperse.


    No es dejar de ser humano.




    ¿Qué sí es sanar?

    Es dejar que duela sin disfrazarlo, pero sin perpetuarlo.


    Es aprender a pedir ayuda sin sentir culpa.
    Es avanzar, aunque sea lento.


    Es dejar de esconder tus grietas y usarlas como ventanas por donde entra la luz.


    Es elegirte, incluso en los días en los que no sabes ni quién eres.

    Es dejar de pelearte con tu historia y empezar a caminar con ella.

    Porque al final, sanar no es llegar a un punto perfecto, ni arreglarlo todo, ni convertirte en alguien nuev@.


    Sanar es volver a ti: habitar tu historia sin miedo, reconocer tus grietas sin vergüenza y caminar sabiendo que no necesitas estar completa para avanzar.

    Recuerda no es que todo esté mal: muchas cosas solo están pasando.

    Sanar no es lo que te prometieron.
    Es más simple… y más profundo:
    No es perfección, es volver a vivir, incluso mientras aún te dueles.


    Estás complet@ no se te olvide…

    Gracias como siempre, gracias totales por todo y por tanto. Por leerme, compartir, suscribirse y darle like.

    Que sean fechas y fiestas increíbles y el inicio de un gran año. Bendiciones.

    Un abrazo grande con mucho cariño…

    María 📚❤️✨🍀

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

  • Mi caos también merece un refugio

    Hay personas que son fuertes y parece que son capaces de reconstruirse sin ayuda.  Esa es una imagen que algunos tienen de mí, si le suman algunas otras características que también creen que tengo: desenfada, inteligente, buena amiga, distante y hábil para resolver problemas.

    El resultado final es: alguien que no ocupa ayuda.

    Por ello estoy muy acostumbrada a que, en los momentos difíciles, algunas personas suelen echarme porras con frases como «tú puedes» «lo vas a solucionar». O algo peor, que no se den cuenta si quiera, que se me está complicando la vida.

    La verdad no me desagrada esa imagen de yo puedo con lo que venga, es más, hasta en ocasiones me gusta y agradezco infinitamente que crean en mí.

    Pero…  aquí va una confesión 🥺:

    Cuando llega alguien y en lugar de repetirme lo anterior, simplemente dice:
    “Claro que puedes… pero aquí estoy para ayudarte.”
    Es como un soplo extra de vida.

    La verdad es que esa frase no la escucho muy seguido. Mi supuesta «fortaleza» destantea a cualquiera y aparenta que no requiero ayuda, pero les aseguro…

    Las personas que parecen más fuertes suelen ser quienes más necesitan un punto de apoyo.


    Esa imagen de fortaleza es solo una de las muchas defensas que usamos para esconder heridas de la infancia: algunos se vuelven serios e impenetrables, otros levantan barreras disfrazadas de enojo, y algunos más se refugian en el alboroto y la alegría.

    Pero, sin importar la imagen que proyectemos, hay algo que todos queremos: ser vistos.

    Deseamos que haya alguien que nos ayude a sostener el mundo cuando se nos desbarata, aunque sea un instante. Que nos recuerde que no estamos ni tan solos ni tan locos como pensamos.

    Y es que:

    “No ocupo que nadie venga a salvarme, pero valoro enormemente a quien se queda a mi lado mientras junto mis pedazos rotos.”


    Quién, pese al caos que somos, logre que el ruido —el de afuera o incluso el de adentro— se apague por un momento.  Que sea nuestro lugar seguro.

    Que nos permita descansar, desahogarnos y sentir desde la honestidad, aún desde la parte más vulnerable de nosotros, ese lado oscuro que también forma parte de nuestra genialidad.

    Me gusta pensar que todos tenemos a ese alguien que es nuestro lugar seguro; solo que quizá a veces lo olvidamos.

    Pero basta recordar:

    ¿A quién llamas cuando la vida se te descompone un poquito?

    Puede ser cualquiera: un familiar, una pareja, una amistad… incluso quien jamás imaginaste. Lo único que interesa es que, cuando lo necesites, te hagan sentir que sí le importas a alguien.

    O, como diría un conocedor del tema: tu lugar seguro también está en ti y la mano que ocupas está al final de tu brazo.

    Nosotros mismos podemos ser ese rinconcito al que volvamos, cuando ocupamos reencontrarnos.


    Les cuento una historia sobre todo esto…

    Una respuesta inesperada ⚱️

    Un día, una mujer llegó a consulta con su terapeuta cargando un jarrón roto dentro de una bolsa.

    —“Vengo porque ya no sé cómo pegar todas las partes rotas”, dijo.

    La terapeuta le pidió que sacara los pedazos. La mujer los colocó sobre la mesa, uno por uno, en silencio.

    Después de un rato, la terapeuta no le dio pegamento ni soluciones.
    Sólo se sentó frente a ella y dijo:

    —“Yo me quedo contigo mientras decides por dónde empezar.”

    La mujer rompió en llanto.
    No porque alguien la reparara, sino porque por primera vez en mucho tiempo alguien la vio rota sin pedirle que se compusiera de inmediato.

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)


    Como notarás en la historia, ella entendió que un lugar seguro no se trata de que te salven:
    A veces solo ocupas que te acompañen mientras te reconstruyes.


    ¿Cómo saber quién realmente es un espacio seguro?

    Para mí son esas personas que te hacen sentir que vuelves a casa.

    Normalmente será alguien que te de la confianza de que sí contestará y escuchará.
    Que no intentará solucionar, sino acompañar. Que al escucharte es como si te liberara de un gran peso y que lo hace con paciencia, aunque tu historia la hayas repetido varias veces.

    Si no contesta cuando lo ocupas o le pides ayuda y no está cuando el mundo se te viene encima, entonces no lo es. No nos confundamos con quien dice serlo, pero al final te deja peor.  No le des el título de «lugar seguro» a cualquiera. No todos están a la altura de ser refugio.


    Por cierto, quienes sí lo son… tengo la certeza de que cuando lleguen al cielo, no harán fila.

    Te diré cómo es para mí ese lugar seguro.

    A mí me sabe:

    ✧ A todas las veces que mi tía Angie contestó a mi llamada. Como aquella madrugada fría de febrero, cuando mi padre se había ido, ella respondió y sin decirle nada escuché: “voy para allá”. Haciéndome sentir que a pesar del dolor y lo que sucedía, yo no estaba tan sola como me sentía.

    ✧ A mi amigo texano, quien con solo escuchar mi voz sabe si requiero asistencia urgente, un abrazo (aunque sea virtual) o un “eso te pasa por no entender”, porque también los lugares seguros nos permiten ver cuándo el problema somos nosotros.

    ✧ A mis hermanas creyendo ciegamente en mí, incluso en mis días más dudosos.


    ✧ A mi madre, que siempre esta dispuesta a escuchar y aconsejar.

    Y a tantas personas e historias que me han demostrado que sí existe un lugar seguro.

    Como verás no siempre es una sola persona, pueden ser varias y quizá cambiarán. Pero lo importante es que, como yo, puedas confirmar que tu red de apoyo te mantiene de pie cuando el mundo se te derrumba.

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*⁠。


    A veces, recibir ayuda empieza por atrevernos a pedirla. Sé que no es fácil para quienes hemos pasado años sosteniéndonos solos. Pero cuando finalmente lo hacemos, la vida se vuelve más ligera.

    Porque pedir ayuda no es renunciar a la fuerza: es recordar que no siempre tenemos que usarla.

    Por cierto, las personas que son «abrigo» también necesitan cuidado. Así que  agradéceles siempre y cuídalas mucho. No permitas perderlas por no verlas.

    Quizá, tú también eres una persona así.
    Y si crees que no, intenta serlo. No ocupas ser perfect@. Sólo ser un espacio donde alguien pueda llegar con su caos sin sentirse pesado, con su tristeza sin sentirse incómodo, con sus dudas sin sentirse tonto.

    Las personas «abrigo» hablan desde la calma, validan sin juzgar, sostienen silencios y preguntan antes de intervenir.

    Esas personas nos ayudan a ver que:
    Claro que podemos con todo… pero no es necesario que sea con todo a la vez.

    .

    Un recordatorio importante…

    “Cuando realmente somos nosotros mismos, muchas personas se alejan, pero esto crea el espacio necesario para que llegue la gente adecuada.”

    —Hermann Hesse

    .

    Al final, quizá la vida no se trate de ser invencible, sino de encontrar los refugios correctos para desarmarnos sin miedo.

    Porque…

    Hasta la luz más brillante necesita, de vez en cuando, un lugar seguro donde apagarse.

    O mejor aún, encontrar ese lugar que te permita volver a encender tu luz.



    Gracias infinitas como siempre por leerme, por compartir, por creer en esto, por suscribirse, darle like y todo eso que hacen para hacerme sentir que esto vale la pena.

    Y espero que siempre exista una lucecita dentro de ti y tengas esas personas abrigo que no dejen que se extinga.

    Gracias por todo y por tanto.

    Que la vida les sonría bonito.

    Un abrazo reparador con mucho cariño

    María 📚❤️✨🍀

    .

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽